domingo, 2 de agosto de 2020

Buen viaje, fiel amigo

Aquella tarde de octubre de 2006, los hombres de Mantenimiento del Estadio Carranza abrieron una puerta de la antigua tribuna que llevaba tiempo cerrada. En el interior de la habitación encontraron una gata con cinco gatitos que, a pesar de haber nacido apenas varias semanas antes, salieron despavoridos ante el jaleo.
Yo había bajado de mi oficina y andaba por allí. De todos los pequeños mininos, dos se quedaron rezagados y con un futuro bastante oscuro. Eran los dos grises completamente. Antes de que terminaran sabe Dios donde, pillé uno de ellos, el que tenía un pequeño mechón blanco en uno de sus lados, lo metí en una pequeña caja de cartón y, cuando terminé mi jornada laboral, la amarré al tanque delantero de por entonces mi Yamaha de 250 cc haciendo equilibrio con ella hasta llegar a mi casa, a San Fernando.
Aquella micurria asustada se escondió tras un mueble de la cocina durante dos días y solo salía para devorar un poco de comida blanda y beber agua. Al tercer día, escribiendo en mi despacho en la planta alta de mi hogar, me sorprendió asomando sus dos orejas por uno de los últimos escalones. Le había costado una barbaridad ir subiéndolos de uno en uno, eran más grandes que él, pero había decidido perder el miedo y, definitivamente, buscarme para que yo fuera su 'nuevo amigo'.
Desde entonces, se hizo dueño de ‘su’ hogar, y en él ha vivido durante estos catorce años.
No he conocido un ser vivo más noble en mi vida. Dicen que los gatos son ariscos, demasiado independientes, oscuros y no sé cuantas idioteces más. El ‘Bichito’, como desde siempre lo ha llamado Aurora, jamás ha dado muestras de enfado, de descontento, de antipatía hacia nosotros. Ni un mal gesto, ni un bufido, ni una ‘mirada felina’ amenazante. Durante todos estos años solo ha dado amor, mucho amor, ha sido incluso tan ‘pesado’ con sus ‘topaítas’ con su cabeza que llegaba a desesperar y a la vez había que quererlo del cariño constante que desprendía.
No he conocido ningún, insisto, ser vivo, que en catorce años no se haya enfadado alguna vez o incluso haya fallado, incluido yo como es lógico. Él jamás. No existía ese impulso, esa reacción, en su interior.
Renqueante por una infección interna desde hace semanas, anoche se dejaba caer sobre el suelo de su pequeño patio, sin moverse, tan solo levemente su cola como único gesto posible de respuesta de su frágil cuerpo cuando lo llamábamos para que nos sintiera cerca. Era cuestión de horas…
Se me ha ido mi compañero más fiel en década y media. Lo he querido muchísimo y estoy seguro que él a mi. A nosotros. Y yo tengo que seguir aquí, en este puñetero mundo, luchando día tras día y comprobando diariamente cómo la imbecilidad del ser humano no tiene límites.
Buen viaje, ‘Bichito’.


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