martes, 18 de agosto de 2026

Juan Tamariz y «El espíritu»



Ha muerto Juan Tamariz. Antes de demostrar que era el número uno creando magia, su deseo fue ser director de cine. En 1969 hizo el cortometraje «El espíritu» tras su experimental «Muerte S.A.» en 1967 como práctica de sus estudios en una escuela que le aburrió tela y que además cerró, así que se dedicó a hacer felices a los demás a través de otra manera de engañar maravillosamente al ojo humano.

«El espíritu» cuenta una sesión de espiritismo en la que se aparece el fantasma de una mujer. Además, analiza la fascinación que los ilusionistas han sentido hacia el cine desde sus inicios, viéndolo como una forma de promocionar sus números e impulsar sus carreras artísticas. No está disponible en ninguna televisión ni plataforma. Lo custodian en la Filmoteca Española y no puede verse por el gran público. Fue también el primer trabajo de Carmen Maura antes de entrar en el cine por derecho.

Ahora que Tamariz nos ha dejado, al menos RTVE podría hacer lo posible por incluir «El espíritu» en su catálogo.

El entrañable mago vivía entre Madrid y San Fernando (Cádiz) desde hacía décadas, asiduo cliente de la Venta de Vargas. Tuve el placer de entrevistarlo hace ya años. Aunque Juan buscaba en el sur la tranquilidad que no encontraba en la capital española, podía haber sido el asesor ideal para que los gobernantes de turno de uno y otro signo y de distintas épocas hubieran puesto a la ciudad, a la Bahía de Cádiz, en el centro neurálgico del ilusionismo mundial, bien en forma de congresos, conferencias, encuentros o cualquier cosa que aportara eso tan manido que llaman 'dinamización económica' (y cultural, oiga) con mayúsculas. Pero aquí estamos ocupados en otras cosas y carajotadas mientras nos miramos el ombligo lleno de pelusa.



Cuento de infancia y de verano, que diría Rohmer


«Hay gente que me dice que la capacidad de soñar pertenece a la niñez y a la primera juventud, y que el talento para el sueño se pierde con las facultades del oído y la vista. La experiencia me dice todo lo contrario. Hoy día sueño más que de niña o de muchacha, y en mis sueños actuales están las cosas más precisas y admirables que nunca».

(Isak Dinesen)

 

Isabel tenía –tiene- unos ojos profundamente azules. Los almendraba cada vez que cruzaba los pasillos del colegio, acompañada de sus compañeras, cuando yo tenía la fortuna de lograr que su mirada se cruzara con la mía. Yo contaba con apenas catorce años, mi curso era Octavo de EGB ‘A’ y ella estaba en el ‘B’. Eran tiempos distintos a los actuales y en Cádiz había niños como para saturar aquellas aulas de pizarras empolvadas de tiza empaquetada en barras y ceniceros humeantes en las mesas de los profesores. A nosotros nuestra clase nos parecía enorme, como un gigante engulléndonos en su rutina matutina. La luz penetraba por unos ventanales intercalados simétricamente en el muro hacia el exterior, desde donde se filtraban el silbato de los trenes y los ruidos de las grúas de los astilleros al otro lado de la vía férrea. Casi cinco décadas después, hace varios años, regresé a Octavo ‘A’ como visitante para comprobar que, en realidad, no era tan monumental. Éramos nosotros los pequeños quienes íbamos creciendo a cada curso que superábamos.

Pero hablaba de Isabel, que al estar en el ‘B’, para cualquier cosa a la que había que acudir ordenadamente —es decir, a todo— iba detrás de mí por disciplina organizativa. Yo disfrutaba de ventaja sobre ella al iniciar el recorrido por un laberinto repleto de puertas a uno y otro lado, interrumpido por alguna escalera que conducía a la planta superior con más aulas. Había una estatua de madera de una Virgen ante la que algunos se persignaban diariamente con una apresurada señal de la cruz. De manera que, al volver del patio en el tiempo de recreo especialmente, aprovechaba la distancia de ventaja que me daban unas decenas de alumnos, ellos con aquel uniforme de camisa cruda, jersey azul en forma de pico, un pantalón gris que provocaba continuos picores desde los albores de la primavera y mocasines de color negro. Las chicas lucían su falda de tartán con tonos verdes, azules, blancos y unas líneas amarillas que venían a darle un toque ‘rompedor’ al geométrico diseño. Cuando llegaba a la clase me apostaba en el quicio de la puerta, como quien no quiere la cosa, dándole mi particular utilidad a los minutos muertos. Esperaba en permanente estado de vigilia, con un ojo pendiente de las filas del alumnado y con el otro de la amenazadora irrupción del profesor. Aguardaba a tener la dicha de que aquellos preciosos ojos claros se cruzaran con los míos. Perdí la cuenta de los intentos porque a veces aparecía don Manuel, Don Juan o el padre Aranda y corría veloz hacia mi pupitre antes de que recibiera la correspondiente reprimenda. Otras, los machitos del ‘B’, que eran más altos y guapos que yo, precedían a las chicas y quiero suponer que, inconscientemente, me impedían la visión amplia para cumplir con mi inconfeso ritual. Tengo que decir que fueron menos las veces que Isabel dirigió su mirada hacia otro lado huyendo de la mía, porque la mayoría de las ocasiones que se sentía observada durante aquellos escasos segundos me correspondía con una pizca de dulzura, una dosis de compromiso y un toque de protocolaria educación. Imagino que el mismo método que empleaba con otros supuestos mirones como yo, pero para mí aquel gesto se convertía en una particular sonrisa de Duchenne. Supongo que le extrañaría la actitud de aquel niño que consideraba misión imposible acercarse a una chica ni para pedirle la hora porque yo era tremendamente tímido. En la calle, si me encontraba con alguna compañera de clase en horas no lectivas, corría literalmente para cruzar de acera o esconderme tras los coches. Quizás no era el único argantoniano ingenuo e incipientemente enamoradizo como dictaminaba la edad y alguno que otro practicaba el mismo juego de miradas con ella, aunque me agradaba comprobar que la inmensa mayoría de mis compañeros preferían observar las nacientes voluptuosidades de algunas chicas más sinuosas que pronto tendrían que escoger entre ciencias y letras y en apenas un par de años llegarían a COU, gente ya en plenitud de la adolescencia e inalcanzable según la visión que nos aportaba asomarnos al pretil de la juventud viviendo aún en casa de la infancia. Esa indefectible carrera de las niñas más ‘aclamadas’ hacia su desarrollo físico me importaba muy poco. Yo era más de contemplar aquella chica etérea, de tez clara y cabello rubio, que apenas se dirigía a mí pero que, con una sola y fugaz mirada correspondida, hacía felices mis días de colegio, de recreativos por la tarde y de primeras cervezas los fines de semana.


Y así pasaron las semanas, los meses, varios años, alguna que otra charla no más allá de ciertas dudas sobre las matemáticas o los recursos estilísticos literarios y, como excepcional distensión, preguntas sobre si coincidiríamos en la excursión de fin de curso a Mallorca. Nada que me hiciera pensar que había sido escogido como chico preferido por ella, pero lo suficiente como para creerme Johnny Guitar y convertir a Isabel en mi Vienna particular sin ni siquiera saber aún de la existencia de la maravillosa película de Nicholas Ray. «Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años…».



Yo me marché del Colegio Argantonio en 1986. Dejé abruptamente el centro y mi vida cotidiana en Cádiz, y con todo ello a mis compañeros de pupitre. El destino ha querido que volvamos a encontrarnos décadas después, gracias a una labor grupal de deseada constancia, iniciada por un compañero, que para mí tiene poco de nostalgia y mucho de redención. Porque la nostalgia es el dolor sufrido por no poder regresar, y yo no quiero volver atrás. Cuántas cosas hemos construido –todos los que estáis leyendo ahora mismo- desde que éramos niños, cuántas personas han formado parte de nuestras vidas y qué final del camino hemos comenzado a trazar cuando hemos llegado al cénit de nuestra madurez. Se equivocan quienes creen que añoro el pasado al ver en mis redes fotografías de mis máquinas recreativas arcade de los años 80 en mi casa, rescatadas de garajes, bares o naves polvorientas, exponer en las estanterías mi ZX Spectrum de 1983 o un peluche del Tívoli World. Todo eso contribuyó a ser quien soy y conviene no olvidar que, en la medida que consideremos oportuna, debemos ser justos con las cosas y las circunstancias –buenas y no tanto- que nos han hecho ser lo que somos. Lo demás es renegar también de la gente que te rodeó y sobre todo de ti mismo, que es lo más triste.

Digo que reanudar –desde hace ya unos años- el contacto con aquellos compañeros de pupitre ha tenido mucho de redención porque las heridas que producen las puertas cerradas de manera apresurada jamás se curan si no aprovechas la oportunidad que puede volver a darte la vida para abrirlas nuevamente y comprobar que hubo gente que siempre estuvo en la otra habitación esperando el abrazo que no diste cuando te marchaste. Y, qué puñetas, siendo más prosaico, las cervezas que no te bebiste, las frikadas no compartidas y la sana necesidad de ver a los/las colegas por el mero cachondeo, sin necesidad de crear empresas, asociaciones ni objetivos de cualquier índole, que ya bastante hemos hecho en este sentido en la vida de cada cual a lo largo de cinco décadas.

Me disperso en mis reflexiones. Yo os hablaba de Isabel. Lo que ocurre es que vivimos en un mundo en el que la mayoría de lo que compartimos con los demás a través de las redes sociales aporta más bien poco a la hora de que afloren los sentimientos gracias a una labor de rescate en nuestro córtex cerebral. Nos conformamos –no me eximo de ello, que conste- con la favorecida estética del yo en un placentero y fugaz instante, que nos servirá de refrendo de nuestra potencial belleza o valía en función de las reacciones mostradas por los demás en forma de corazones, pulgares o palabras aduladoras. Y yo, que soy un pedante que trato de curarme sin resultado alguno, me aplico el efecto placebo de mis devaneos interiores, con la esperanza de que a alguien le sirva para recordar las miradas hacia los primeros amores platónicos e inconfesos, el olor a las clases de dibujo con la tinta china derramada, el barro pegado en las botas de agua en el regreso de la escuela en las gélidas y penumbrosas tardes de enero y el llanto por la tierra amada como tituló Alan Paton.

En la foto de abajo, Isabel y yo, el viernes 14 de agosto de 2026, en Cádiz, tras 41 años sin vernos. Me acordé de contarle todo esto, con la perspectiva y la comodidad que te da el transcurrir del prolongado tiempo y lo vivido. Resumí mi confesión, entre las risas de nuestra charla, con una frase: «Ya ves, fuiste mi musa del colegio». Al día siguiente, camino del lejano lugar donde reside en estos últimos años, me escribió un mensaje: «¡Gracias por todo lo que me contaste ayer! ¡No todos los días me dicen que he sido una musa!». No sé si volveré a verla alguna vez, quizá el verano próximo, como en una bella historia de mi admirado Éric Rohmer.



lunes, 3 de agosto de 2026

Juan Lebrón




Ha muerto Juan Lebrón. Un tipo hecho a golpe de trabajo, con una cámara de cine o de televisión en sus manos desde jovencito. Hablé frecuentemente con él en estos años sobre el rodaje de #veranoazul, él fue un cámara destacado durante los 16 meses que duró aquella odisea en Nerja. Recuerdo que cuando en 1995 presentó 'Flamenco' le pedí información sobre la película para hablar de ella en #UltimoEstreno en la radio, y me envió un fax de ¡40 páginas!

Lebrón tenía 73 años cuando nos ha dejado y venía luchando contra su enfermedad desde hace algunos años de la misma manera que lo ha hecho contra los políticos y jerarcas que intentaron pisotearlo por diferentes motivos. Vaya legado deja: series televisivas, joyas como las películas 'Sevillanas', 'Flamenco',... Ha venido defendiendo su trabajo de manera muy vehemente, a veces pareciera radical, pero la gente que se curra tanto lo suyo, no son pelotas ni tienen padrinos que los protegen solo tienen esa forma de alzarse contra el ninguneo y las injusticias que hoy están a la orden del día más que nunca. 

Descansa en paz, Juan.


Respecto al fax, aún lo conservo como tantas cosas de tantos años en el tajo. Debe ser por mi disposofobia aguda crónica...






sábado, 25 de julio de 2026

«High Hopes» de Pink Floyd con Zbigniew Preisner dirigiendo la orquesta en 2006 (canción subtitulada en español)

 

El prestigioso compositor polaco Zbigniew Preisner, conocido por sus magistrales colaboraciones con el director de cine Krzysztof Kieślowski en las películas de la trilogía de los colores (Azul, Blanco y Rojo) o La doble vida de Verónica, dirigió la Orquesta de la Filarmónica del Báltico Polaco (Polish Baltic Philharmonic Orchestra) en el concierto que David Gilmour, líder de Pink Floyd desde 1985 tras la salida de Roger Waters, ofreció en la ciudad polaca de Gdańsk el 26 de agosto de 2006, hace ahora veinte años.

El concierto, celebrado en los astilleros de esta localidad ante 50.000 personas, conmemoraba el 26º aniversario de la creación del sindicato Solidarność (Solidaridad). El espectáculo formaba parte de la gira de Gilmour con su disco On an Island y el tema de cierre fue High Hopes, el más recordado del álbum The Division Bell que Pink Floyd publicó en 1994, compuesto por Gilmour. Una canción que es una reflexión profunda y melancólica sobre el paso del tiempo, la pérdida de la inocencia, de las amistades de la infancia, la erosión por los hechos acontecidos y en definitiva el balance de la vida. Fue además una de las últimas apariciones en los teclados de Richard Wright, también componente de Pink Floyd, que falleció poco después de cáncer a los 65 años.

Enlace al vídeo con la canción subtitulada en #UltimoEstreno:  https://youtu.be/3OQscmZlWpo

miércoles, 22 de julio de 2026

Nolan estrena «La odisea» con una mirada referencial al Ulises de Camerini de hace 72 años



Ya está disponible en #UltimoEstreno el inevitable reportaje dedicado a «La odisea», la última película estrenada por el megalómano Christopher Nolan que, de todas maneras, en esta ocasión desciende unos escalones desde el olimpo de los cineastas (autoelegidos) por los Dioses con sus onanismos mentales y convierte una historia epopéyica en un relato sin los devaneos metafísicos acostumbrados.

A ver, sin florituras: que está muy potable «La odisea», que le sobran cuarenta minutos (especialmente de toda su parte final), que analizo en el vídeo la banda sonora del sueco Ludwig Göransson ¡defendiéndola! porque tenemos que entender que ha elegido otra manera de musicalizar la película ajena a lo tradicional (ha mandado a por tabaco los leitmotivs y el sistema narrativo al que nos acostumbró Max Steiner) y, sobre todo, que es buen momento para saber que no hay nada nuevo bajo el sol. Mucho presupuesto, eso sí, pero el perezoso de Nolan ha revisado, y bastante, la película que el italiano Mario Camerini dirigió, hace nada menos que 72 años, titulada «Ulises», y se ha dedicado a copiar secuencias sin pudor alguno. Una cosa es que la historia sea la misma y en el cine se hagan versiones y otra es calcar planos y motivos de una manera descarada. Os recomiendo enfervorizadamente visionar la película de 1954 (está en Filmin), con un Kirk Douglas en su salsa y una bellísima Silvana Mangano cinco años después de haber descompuesto al personal masculino recolectando arroz bien prieta de ropa.







domingo, 12 de julio de 2026

Lo último de Almodóvar, ya en Movistar+


 Ya está en Movistar+ este despropósito en todo.

 Este culebrón de personajes que entran y salen, que son interpretados tan nefastamente que no parecen dirigidos por Almodóvar, del que da la risa floja leer por ahí que se ha convertido en el Ingmar Bergman o el Fellini español. Mira que aprecio a Pedro, a su hermano, a gente que conozco que trabaja con él, pero yo jamás he pertenecido a ninguna corte de pelotas de nadie. 

Lo peor que puede pasarte en el cine es desear que acabe una película, y hay casos que por partida doble. Por mala y por tóxica. Olvidar una película tóxica es muy importante, porque aquí no es que el folletín sea solo un drama de gente enferma impostada para engendrar las inquietudes frustradas del cineasta manchego. Sufrir en el cine con gusto lo hemos hecho desde con Bambi a Memorias de África. Aquí es que es todo tan amargo y de tan mal rollo que intoxica porque no entiendes la necesidad de lo que cuenta, que en realidad es obligado o directamente nada. Salí del cine con mal cuerpo porque esta cosa me enmierda el mundo sin justificación. Y la he revisado en Movistar+ y no solo vuelvo a desear que termine, sino que me reafirmo en que ni siquiera Alberto Iglesias y su música me cuentan nada. Es más, además de momentos dudosamente musicalizados, algo me sacaba de la película en la secuencia en la que Elsa le muestra a Natalia, recién llegada, el paisaje de los socos de Lanzarote. Revisándola me acordé del tema del juego de Giosué de Nicola Piovani en La vida es bella. ¡Bingo!

Lo dicho: para quien no la vio, por si le va el sadomaso, Amarga Navidad (y tan amarga) está en Movistar+.

Crítica con más detalle en #ultimoestreno: https://youtu.be/vTqLbjVHzRw?si=SibJ6dBYP-UVAfJi


jueves, 9 de julio de 2026

Kioscos: eliminar pero también homenajear un elemento consustancial del urbanismo ciudadano de tantas generaciones


Los kioscos han sido esos pequeños habitáculos que, para generaciones pasadas, se hacían grandes en su ordenado caos cuando nos asomábamos al interior. Muchas ciudades disponían de ellos, me atrevería a decir que raro era el municipio que no contaba con alguno hasta hace pocos años. Los tiempos han cambiado y en las ciudades más turísticas resisten los que, además de la oferta tradicional de prensa (la que queda en papel), chucherías y otras maritatas, ofrecen recuerdos a los guiris. Pero en las poblaciones con menores posibilidades de venta de merchandising, los kioscos han ido desapareciendo, en una lenta agonía, hasta quedar sus recintos cerrados, algunos vandalizados, y convertidos en elementos que desentonan de un entorno urbano al que antaño no sólo contribuían con su estética, sino también a dar vida a barrios, calles en los que los niños correteaban hasta llegar a él para comprar estampas, las madres compraban el Dunia y los hombres tabaco suelto, entre una exposición de publicaciones dispares colgadas con pinzas y cajas rellenas de dulces que desprendían olores mezclados con papel impreso recién llegado.

El PSOE de Cádiz ha pedido al equipo de Gobierno de la ciudad que realice un inventario de los kioscos aún existentes en Cádiz y las condiciones en las que se encuentran, dado que la gran mayoría de ellos permanecen cerrados (Leer noticia). La propuesta se eleva con toda la buena intención del mundo para un mejor ornato urbanístico, no me cabe duda, y en ella se solicita además que estos recintos sean suprimidos.

Todo eso está muy bien, venga la iniciativa de la formación política, o entidad social, de la que venga. Pero qué escasa sensibilidad mostramos en muchas ocasiones.

Yo ahí, precisamente ahí, en ese kiosco que muestra la imagen superior publicada por un medio de comunicación gaditano, he comprado muchos soldaditos de plástico, caramelos de cuba libre, cromos de Mazinger Z, 'Mortadelos', los primeros Microhobby dedicados al ZX Spectrum... Y antes que yo, otros han comprado sus cosas. Y después mía también seguía vendiendo. Los tiempos cambian, no son rentables, habrá que retirarlos, pero... ¿no podemos aprovechar la coyuntura y homenajear al kiosquero de toda la vida que tanto nos alegró vendiéndonos nuestras cosas cotidianas?. Y precisamente ahí (vuelvo a utilizar la frase) sería un buen lugar por razones que basta ir allí para comprobarlo: no estorba, se encuentra en un hueco de poca utilidad en un ángulo recto entre dos fachadas, es un barrio donde transitan colegiales y adultos, y en un futuro, con el nuevo pabellón deportivo enfrente. Así que a ver si a alguien con cabeza pensante y mando en plaza se le ocurre encargar un proyecto parecido a este de la imagen, hecho obviamente con IA, y no solo suprimir para enlosar sin elementos identitarios.