lunes, 12 de octubre de 2026

El documental jamás filmado (en el 3º aniversario de la muerte de Carlos Pumares)


El 12 de octubre de 2023 me encontraba en uno de esos viajes a Nerja en los que las grabaciones documentalísticas relacionadas con Verano Azul se mezclan con el disfrute de lo que te ofrece el maravilloso municipio de la Axarquía malagueña. Me enteré por la tarde noche, antes de que los medios comenzaran gradualmente a publicarlo. De hecho, algunos de los más relevantes lo hicieron bien entrada la madrugada o a la mañana siguiente. Carlos Pumares había fallecido a los 80 años de edad.

Es curioso que el momento más triste que he vivido en Nerja estuviera relacionado con algo o alguien ajeno al pueblo. Y muy jodido saber que acaba de morirse un referente en cosas enormemente importantes en tu vida, ya sea recibiendo la noticia en el hotel del bueno de Manolo de la calle Pintada o en la salita de tu casa. La desaparición de tu gente consanguínea y la de quienes han jugado un papel trascendental en tu vida es algo que debemos asumir mientras miramos de reojo el reloj, y cuando quedan cosas bonitas pendientes te entristece aún más. Te pilla en fuera de juego y con la vida acabada de convertirse en el árbitro que no concede un segundo más de tiempo suplementario para darte opciones de ganar el partido. Estaría bien hacer símiles con cosas del cine, pero a Pumares también le gustaba mucho el fútbol, así que estoy seguro de que me disculparía.



A Carlos le decía desde años antes de aquel 12 de octubre que a mí lo que me gustaba de siempre era destripar las películas y no tanto empeñarme en coger una cámara. Aquello venía a colación porque en una entrevista que le hicieron en 2016 afirmó que los críticos de cine éramos en el fondo unos cineastas frustrados. Fue una de las pocas cosas en la que estábamos en desacuerdo, aunque tampoco le iba la vida en discutir sobre ello cuando hablábamos. Siempre lo tomé como una sentencia de alguien que amaba profundamente hablar de cine y enseñar su magia a los demás aunque afectado por la crepuscular carrera como crítico a la que se vio abocado por el abyecto mundo editorialista y la pocilga en la que los dueños de los grupos de comunicación propietarios de las emisoras de radio habían convertido los entresijos de las ondas. Pumares no pegaba ya en un lodazal de barro aún más imparable desde el antenicidio como tampoco su estilo de programa ni de practicar la crítica que tanto éxito le dio en los ochenta y noventa. ¿Para qué pinchar un tema musical de un vinilo recién solicitado por un oyente de madrugada cuando ya está disponible en internet desde antes del estreno de la película? ¿Para qué hablar de cine mientras la multitudinaria audiencia espera el chasquillo del mechero frente al Sennheiser cuando ya no se puede fumar? ¿Para qué aguardar el ritual de las notas de piano de la careta de entrada de Polvo de Estrellas cada madrugada si cientos de cretinos que creen saber de cine cacarean a todas horas las fichas técnicas de las películas y dicen dos carajotadas creándose canales en YouTube y podcast en los que no se produce el sacrosanto contacto bidireccional entre locutor y oyente, que es la fórmula indispensable de la radio? 

Si los seguidores de estas aberraciones de contenido –de continente da para otro debate sobre hacia dónde va la comunicación- cuentan con miles, a veces millones de seguidores, ¿qué pintamos los de la vieja escuela, los que en la producción necesitábamos controlista para nuestro programa cuando hace años que las restricciones han suprimido o recortado empleos en el anonimato pero fundamentales para hacer posible un producto profesional digno? Algunos nos empeñamos en no desfallecer tras casi cuatro décadas en el oficio, aunque personalmente mi fecha de caducidad está próxima, por astío y por salud. Pero todo esto le pilló a Carlos camino de los ochenta años, cumplidos precisamente unos días antes de su muerte. Todo esto de los podcast, de los programas enlatados y faltos de alma, de internet como un gran spoiler de las ilusiones nocturnas, y por supuesto el cambio de hábitos de los espectadores, lobotomizados por series infectas y convertidores de las salas de cine en salitas de casa en las que atender el teléfono y masticar hamburguesas.

Decía que había cosas bonitas pendientes cuando de repente recibí la noticia del obituario. A Pumares lo felicité por su cumpleaños el 29 septiembre. Tiempo antes le había comentado algo, muy livianamente, a colación de los críticos como cineastas frustrados, anunciándole que, por una vez en la vida y desdiciéndome de mi pertinaz defensa del crítico ‘puro’, estaba dispuesto a preparar un guion del que iba a ser un documental que ansiaba dirigir. Se trataba de un trabajo sobre él, una minuciosa película con imágenes retrospectivas sobre su vida profesional pero con mucho contenido de voz propia. Me interesaba que Carlos contara ante la cámara sus reflexiones no solo cinematográficas, sino también de lo sucedido en los medios de comunicación en las últimas décadas, lo ocurrido con Antena 3, la SER, la creación de Vocento, su paso por Onda Cero, la cantidad de gente del negocio de los medios que conoció e incluso con los que participó… Me daba igual si el documental duraba treinta o ciento cincuenta minutos. Era todo sobre Pumares. Aquella idea comenzó a tomar forma en 2022, y aunque quise ser muy reservado al respecto, en septiembre no pude reprimirme y publiqué en twitter que no llegaba a entender cómo se podía hacer una película sobre Carlos Boyero sin que nadie hubiera reparado en la figura preferencial de Carlos Pumares. Mi referencia a Prisa me servía obviamente de autorespuesta. Varios días después, José Antonio González, un admirador de Carlos y conocido de la familia, con frecuente contacto con Carmen, su mujer, me escribió un mensaje privado alentándome a llevar a cabo un proyecto y ofreciéndome su colaboración. Aquello me animó y me puse a trabajar durante los meses posteriores. En el verano de 2023, el documental estaba prácticamente plasmado sobre el papel. Le envié un whatsapp a Carlos: «Tengo que hablar contigo sobre un asunto que ya ha tomado forma». Su respuesta, a las 17:53 h. de esa misma tarde, fue: «Cuando quieras».



Todo se truncó poco después. Cuando le envié mi felicitación aquel 29 de septiembre, no me contestó. Me extrañó y se me vino a la mente su delicado estado de salud en aquellos meses. Tras fallecer, su propia viuda, en un ejemplo de atención y delicadeza hacia mí, me escribió con el móvil del mismo Carlos, excusando el silencio de su marido y revelándome que estaba cada vez más enfermo desde semanas antes. No pude contener las lágrimas. Como tampoco la rabia porque, además del documental jamás realizado, no pude cumplir la promesa de entregarle un ejemplar de mi libro Las bandas sonoras para despedir los días porque su publicación vio la luz en enero de 2024, tan solo tres meses después.

Así que, cada 12 de octubre, me acuerdo aún más de mi maestro. De quien si no lo hubiera descubierto aquellas noches que me convertían en zombi matutino camino del instituto, jamás hubiera hecho radio, ni hubiera existido Último Estreno. Algunos creen que no hay diferencia entre los charlatanes de YouTube actuales y Pumares porque, al fin y al cabo, en Polvo de Estrellas tampoco se profundizaba en valoraciones ni se analizaba cada película hasta compartir los códigos que atesoran. Se quedaron en los exabruptos de Carlos —en su papel estudiado—, las listas de llamadas y en las respuestas: «Obra maestra», «espantosa», «tá bonita», «aburrida»… Un reduccionismo injusto de un programa y un hombre excepcional que me hicieron descubrir la grandeza del cine gracias a la carbonilla en el ojo que Trevor Howard adivina en el ojo de Celia Johnson, la línea del horizonte de John Ford —mucho antes de que llegara Spielberg con The Fabelmans— y cómo entender 2001 imaginando a Dios convertido en monolito. Aunque a mí Dios se me presentaba cada noche diciendo aquello de «Sí, buenas noches, dígame».

Enlace a la participación de Carlos Pumares en el programa #UltimoEstreno en la noche de los Oscar de 1996: https://youtu.be/4nHJtTFNUec?si=qOKvefartPa9b9l9

domingo, 27 de septiembre de 2026

La bola negra: «Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos»


He salido muy impactado del cine tras visionar «La bola negra».
Las tres historias que arman la película me han hecho retrotraerme a las sensaciones que experimenté hace justamente 25 años cuando Stephen Daldry me conmocionó con «Las horas», un gran filme conformado también por tres narraciones hilvanadas por una figura literaria universal y bajo una misma premisa: la reflexión sobre la existencia, la memoria, la represión social y sexual y el tiempo.

La fortaleza emocional de la arrolladora creación de Los Javis me ha llevado también a rendirme al onanismo de ambos cineastas con su obra, porque esta es una obra magna para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno mostrando un enorme talento guionístico y direccional, para lo malo autogustándose al prolongarse en el metraje incidiendo más en algunas ocasiones en el envoltorio que en lo nuclear de lo narrativo. Pero la atracción es tal que lo perdono prácticamente todo incluso llevándome a mi perdición cinematográfica. Como una amante nariguda, con las piernas arqueadas y algo bizcotur, que diría don Camilo en «La colmena»: me mira con aviesa intención, en este caso política, pero no puedo escapar de ella. Al fin y al cabo, te puede sobrar parte del viaje iniciático de Carlos por la nieve, pero ¿acaso no eran redundantes tantos colorines en la obra magna de Kubrick y no ha habido quien se atreva a criticarla hasta el punto de bajarla del pedestal de las obras maestras?

De todas formas, «La bola negra» tendrá su principal y más irracional enemigo en las posturas maniqueas y crispadas que vive actualmente una sociedad que cada vez ofrece más pruebas de estar de nuevo fanatizada, principalmente por culpa de quienes la gobiernan. Así, juzgarán a Los Javis por adoctrinamiento, por engañar tergiversando la historia. Como si la película pretendiera ser una biografía o una hagiografía de un mártir de una ideología concreta e incluso como he leído por ahí, por colocar voz de maricón a Federico «cuando él no hablaba así». Como si estos doctos jueces hubieran escuchado alguna vez la voz del poeta. Ni ellos, ni ustedes, ni yo. «La bola negra» será repudiada como catecismo de izquierdas con la misma actitud torticera de quien pueda decir que «El nacimiento de una nación» es una película mala y fascista por su contenido, que «El triunfo de la voluntad» es cine basura porque la hizo la cineasta del régimen nazi o «El acorazado Potemkin» es un repugnante panfleto visual comunista. Juzgan por todo menos por el arte del cine. Y sentencian a su antojo y conveniencia. Por eso es necesario despojarse del radicalismo y la tendenciosidad en la que nos han embarrado y disfrutar de este monstruo único en el cine actual que es «La bola negra». Y hacerlo en pantalla grande, donde el caballo negro desbocado cruza las casas destruidas de un pueblo convertido en un macabro «Bienvenido Mr. Marshall» (¡vaya enorme comienzo de película!), donde el público contiene la respiración cuando Sebastián dibuja en el aire la silueta de la espalda lacerada de Rafael sin atreverse a tocarlo y en donde las numerosas metáforas se entienden mejor, como la reconciliación nacional pedida a gritos con la historia de Alberto y su madre. Qué maricón tan bien construido y qué secuencia en la bañera. «No podemos seguir así», nos dice. Pero no queremos escucharlo. Como tampoco entender que «La bola negra» es un ejercicio categórico de la defensa del amor, que, efectivamente, en este país tiene demasiadas historias enterradas en los campos.

Enlace para ver la videocrítica en #UltimoEstreno: https://youtu.be/yQFjyFaeq_s

jueves, 24 de septiembre de 2026

Los datos de audiencia de la última reposición de «Verano Azul»


VERANO AZUL ha vuelto a ser protagonista en la parrilla convencional de RTVE durante la temporada estival de 2026. La serie dirigida por Antonio Mercero ha formado parte nuevamente de la programación de La 2 en la que ha sido su vigésimasexta reposición desde que se estrenara en octubre de 1981. Como hemos reseñado en otras ocasiones en las noticias sobre los datos de las reposiciones, las afirmaciones que hablan de que la serie «se emite hasta la saciedad y todos los veranos» no son sino un bulo más de los muchos que se erigen como si fueran verdades de tanto escucharlos. En 45 años, VERANO AZUL se ha emitido poco más de una quincena de veces.

Y la última ha sido este verano que ahora finaliza, concretamente desde el 24 de agosto al 18 de septiembre, exceptuando los fines de semana y el 9 de septiembre por cambio sobrevenido en la programación. Eso sí, en esta ocasión la emisión ha sido en la franja matinal, concretamente rondando las doce y media, lo que no todo el mundo ha considerado como un horario que beneficie a la serie.

No obstante, los datos recopilados por http://www.regresoaveranoazul.com basados en las cifras diarias ofrecidas por la auditora Kantar Media no pueden considerarse negativos, porque han sido en total más de dos millones de espectadores acumulados los que han visionado los 19 capítulos de la serie. En concreto 2.364.000 seguidores, cifra que surge de sumar todas las personas que han estado viendo VERANO AZUL (de ahí el término ‘acumulados’), que si dividimos entre el número de capítulos, nos ofrece una media de 124.400 espectadores por capítulo. Las comparativas no son fidedignas del todo porque los contextos como el horario no son los mismos, pero a veces sirven para valorar los datos. En este sentido, podemos indicar que, por ejemplo, otra de las series clásicas de TVE, «Los gozos y las sombras», también se ha repuesto en el ente público este verano en horario nocturno, con capítulos que han alcanzado alrededor de los 30.000 espectadores, lo que da una idea del tirón de VERANO AZUL a casi medio siglo después de su estreno.

Eso sí, la cifra de 2,36 millones de espectadores es más baja que la de la última reposición de VERANO AZUL en TVE antes que la reciente, que fue en 2024. Hace dos años, la producción televisiva dirigida por Antonio Mercero sumó 4.598.000 espectadores acumulados, una cifra sensiblemente superior a la penúltima reposición en 2021, cuando fueron 3.068.000 personas las que vieron los capítulos y todas lejos de los 7,3 millones de espectadores acumulados en el verano de 2019. Todos los datos detallados de las últimas reposiciones pueden verse en esta web pinchando aquí en el caso de 2024 y aquí respecto a 2021.

El descenso de cifras es además lógico. VERANO AZUL se puede ver en varias plataformas y además está disponible siempre en RTVE Play, por lo que no hay que esperar a que TVE la emita en sus canales de siempre. Pero sí hay que tener en cuenta que aún muchas personas utilizan la televisión de manera tradicional, es decir, sin las ventajas de una Smart TV o el uso de la carta.

Pero vayamos a los curiosos datos de los capítulos más vistos o menos seguidos.


«Eva», el de mayor número de espectadores

El capítulo más visto en la recién finalizada reposición de 2026 ha sido «Eva», con 172.000 espectadores y un 4,3% de share de audiencia, emitido el jueves 3 de septiembre. Las vicisitudes de una joven hippie que llama la atención de la pandilla y sus circunstancias personales conforman la trama del capítulo más seguido y que, curiosamente, ha contado con el mismo número de espectadores que en 2024, cuando también sumó 172.000 pero en aquella ocasión se colocó en el cuarto por la cola porque el más visto fue «La última función», con 319.000 visionados y un 3,7% de share . Fue francamente extraño que el capítulo protagonizado por el mago Gran Massip se llevara la palma en 2024 cuando se trata de una de las historias que, tradicionalmente, menos enganchan a los espectadores desde que la serie se estrenara en 1981, por su condición de misteriosa y oscura, si bien cuenta con una de las sinopsis más adultas y demoledoras de las diecinueve narradas. Y ahora, en 2026, «La última función» ha sido precisamente el capítulo menos visto de todos, con 89.000 espectadores y un 2,3% de share.

Los capítulos más vistos después de «Eva» este verano han sido «El encuentro» (161.000 espectadores) y «Algo se muere en el alma», con 146.000 espectadores. La serie arrancó muy bien el 24 de agosto con un 4,7% de share de audiencia, en los días siguientes bajó levemente los índices con un acusado descenso el jueves 27 en el capítulo «Beatriz món amour» (90.000 espectadores, tan solo un millar menos que «La última función») y ya no bajó de los seis dígitos de espectadores hasta el final, el 18 de septiembre, si no contamos la historia del Gran Massip.


Otras curiosidades nos llevan a comprobar la 'recuperación' del capítulo «Algo se muere en el alma», uno de los más icónicos de la serie. En este pasado verano lo han visto 146.000 personas, colocándolo en el tercero más visto de los diecinueve, cuando en 2024 parece que los televidentes no estuvieron por la labor de sufrir con la muerte de Chanquete y se quedó en 172.000 espectadores, lo que supuso el segundo menos visto hace dos años tras «No matéis mi planeta por favor» (170.000), que recupera visionados en 2026.

Si nos trasladamos a audiencias más lejanas, por ejemplo la de la reposición de 2019, llama la atención que en aquel verano fue «Eva» el capítulo menos visto, con 291.000 espectadores, cifra que hoy no alcanza ningún capítulo. El más seguido hace siete años fue «El ídolo», con nada menos que 502.000 espectadores y un 5,8% de share. 

En el cuadro de elaboración propia que se incluye con esta noticia podéis consultar todos los detalles de la audiencia de cada capítulo y la comparativa con 2024. El vídeo alojado en el canal #UltimoEstreno también pormenoriza sobre estos datos (https://www.youtube.com/watch?v=ApVx7O1itTk).

sábado, 19 de septiembre de 2026

40 años de «La misión» con David Puttnam


David Puttnam ha llegado en estos días al Festival de Cine de San Sebastián, acompañado de Jeremy Irons, para la proyección de «La misión» con motivo del 40 aniversario de esta reconocida película, especialmente por el público y en concreto europeo. Cuando se estrenó fue un fracaso en Estados Unidos (el tema no les interesa a los americanos) y en Europa remontó el vuelo económico y crítica y público la defendió hasta convertirla en un filme de culto. A ello contribuyór mucho —especialmente gracias a los espectadores— la profunda impresión que dejó la banda sonora que compuso Ennio Morricone.

Lo cierto es que, sin Puttnam, «La misión» no se hubiera rodado, ya que fue su productor, como lo fue también de otros filmes de bastante repercusión, como «Carros de fuego» o «El expreso de Medianoche».

Putnam ama el cine y ama la música de cine. El Festival de Sevilla de 2024 fue el marco de un estupendo encuentro en el que habló sobre su relación con compositores dispares, desde el maestro Morricone cuando musicalizó «La misión» a Vangelis pasando por Mark Knopfler, Mike Oldfield, etc. Aproveché para que conociera mi libro «Las bandas sonoras para despedir los días».

El vídeo del acto con Puttnam lo subí a #UltimoEstreno en su momento, pero seguro que a alguien se le escapó. Y Puttnam vuelve a estar en España para hablar de aquella película que, cuando irrumpe en pantalla en los momentos de su conferencia con las palabras intercaladas del compositor italiano, te entra el dolor de tráquea. El que provoca un cine que jamás volverá.

Así que aquí os lo dejo: https://youtu.be/L8H-yHaQScw?si=wXQUxdt4uBlfGET8

martes, 8 de septiembre de 2026

Una APP que te convierte en ochentero


Por lo visto está de moda una aplicación que te transforma en un ochentero de manual al enviarle una fotografía. Te ves en ella con la ropa (outfit, dice ahora la gente moderna) y en el entorno actual y, en pocos segundos, a tu chaqueta o jersey le surgen hombreras o se convierten en chándales de colores peculiares con rayas de la época. Y no digamos nada de lo que el dichoso programa hace con tu pelo: lo mismo te lo carda que te coloca un tupé. 

Estamos asistiendo a un resurgimiento (revival, emplean los cursis que suelen escribir de cine) de los años ochenta, una década con un carácter muy marcado en muchos aspectos —estilo de vestir, música, cine, irrupción de nuevas tribus urbanas y sustancias, enfermedades, etc.— y que particularmente me pilló entre los once y los veintiún años de edad. Es decir, en plena efervescencia juvenil, en los descubrimientos más importantes para definir la personalidad, dando inicio a este periodo en el colegio aprendiendo Sociales y Naturales y finalizándolo delante de un micrófono de radio contándole a la gente lo cojonuda que es Casablanca y el folletín interminable en el que se convirtió Lo que el viento se llevó tras rodarla nada menos que cuatro directores. 

Entre medio, todo un mundo de tantas cosas que fueron icónicas de los ochenta. Naturalmente, el resto de décadas del siglo veinte también contaron con su genética particular. Pero llama la atención el regreso a lo ochentero. Algo deben tener aquellos años para que, incluso los hijos de padres y madres que nacieron mientras Scorsese estrenaba Toro salvaje, estén utilizando la aplicación de marras, tratando de convertirse en el tronco que va a buscar a la basca para jugar al Pacman antes de exclamar «me piro papiro» para irse a su keli.

Con todo esta afinidad hacia la época de Mari Cruz Soriano dando la tabarra con su piano o comprobando que Lorenzo Lamas era el rey de las camas, se corre el riesgo de la idealización, especialmente por quienes no vivieron aquellos años. Una legión de nostálgicos platónicos que hoy invade nuestra sociedad en otros ámbitos que sí son preocupantes, como los nacientes cachorros del franquismo y de similares regímenes o ideologías políticas cuyos discursos son un dislate y encima anacrónico. Ves la estética, «la presentación» que decía Oskar Schindler cuando daba coba sobre su fábrica de pucheros y te apuntas a la soldadesca de Darth Vader, cuya diseño molaba mucho más que los horteras del bando rebelde. Algo así como lo cojonudo de la parafernalia nazi, con sus uniformes y cascos relucientes, frente a las escupideras que los ingleses llevaban en la cabeza.

Esta anemoia, como John Koenig calificó a la nostalgia no vivida, es digna de estudio aunque siempre queda el resquicio de la justificación basada en lo no sufrido, en el desconocimiento del lado negativo de las cosas, de las épocas. O en la voluntad férrea de ignorarlo. En el caso de quienes ansían volver atrás aún habiendo sufrido los efectos y consecuencias del momento, no creo que sea necesario recurrir a la doctrina médica para diagnosticar lo que es del todo una imbecilidad supina o un ejercicio de masoquismo irreversible.

El caso es que los ochenta están de moda. Creo que es un lema que ya he leído por algún sitio. Yo, que los viví, me alegro por lo que supone desempolvar años que marcaron a mi generación, pero actuando bajo dos premisas: la primera, que el regreso a determinados momentos de tu vida y con ello sus circunstancias o las personas que te rodearon debe constituirse en un gesto de gratitud antes de dar el portazo que te devuelva a la actualidad para evitar ser un nostálgico irredento, y la segunda, mi desacuerdo absoluto con Proust cuya recomendación de no volver a los lugares donde fuimos felices me pareció siempre muy cobarde. 

A mí me gusta imaginar esa posibilidad porque no son las localizaciones de mi infancia y adolescencia las que me frustran. Me sirven para valorar el paso del tiempo desde dos perspectivas en sentidos inversos. Recurro a los recuerdos materiales de los ochenta, que no son pocos en mi casa y en el paisaje que aún conserva aquella esencia, para, en esa misma comparativa de la fotografía actual con la que genera la aplicación, comprobar lo felices que fuimos sin preocuparnos de inmortalizarlo todo como sucede con la generación actual que anhela ¿verse? ¿Trasladarse? a los ochenta. No tengo apenas fotos en la puerta del colegio, ni en los salones recreativos con mi adorada Cosmic Alien; tampoco comiéndome un dulce de merengue recubierto de chocolate en la pastelería del pasaje que comunicaba la calle donde yo vivía con la del cine en el que vi mis primeras películas, del que no tengo tampoco fotos accediendo por sus escaleras por muchas veces que repetí el gesto. Jamás existieron las fotos del Bar Los Lunares a las tres y media de la tarde lleno de escolares de uniforme empujándose unos a otros para echar los cinco duros en la Galaxian, ni bebiéndome un batido cuya botella de plástico aplastábamos posteriormente para jugar al fútbol con ella (!). Ni siquiera contemplábamos en nuestra infantil mente que tuviera algún interés una instantánea de nosotros mirándonos en el espejo del aseo de casa haciendo con los dedos la señal de la victoria rodeado en segundo término de calcetines usados, los calzoncillos en el bidé y los potingues para la cara que usaba tu madre. Nosotros, en los ochenta, vivíamos centrados en lo que vivíamos, disculpen el Rajoy que acabo de marcarme. No negaré que estaría bien tener más testigos en papel fotográfico con fecha por detrás que los de la Primera Comunión, apipirigañado en Nochebuena o con el meyba en la playa sentado en la copia de plástico del mítico Tango Adidas del Mundial 82. Pero al menos me queda una con el ZX Spectrum y mi mejor amigo de la infancia y varias de Semana Santa. Me pongo a pensar en todo lo que podíamos haber fotografiado en los ochenta que tuvo relación con mi generación y siento verguenza ajena de las fotos de los quinceañeros actuales en los cuartos de baño. ¡Qué de cosas y momentos no fotografiados pasan por mi mente!

Lamento no tenerlos inmortalizados y es entonces cuando me entra envidia de quienes quieren verse como pibes ochenteros, muchos de ellos con sus vidas registradas digitalmente al minuto. Pero a la vez creo que esta gente jamás lograría adaptarse a aquella época, que se trata simplemente de una atracción pasajera, alentada por una cierta reivindicación del pensamiento en el ambiente de que todo lo aportado en aquellos años no fue reconocido como debiera. O que cualquier tiempo pasado fue mejor, que es el reverso tenebroso —y peligroso— de este revival. ¡Me cachis, ya utilicé el puñetero anglicismo preferido por los pretenciosos de la crítica cinematográfica!

martes, 1 de septiembre de 2026

«La desaparición de Josef Mengele»


La justificación para considerar «La desaparición de Josef Mengele» como una película tremendamente interesante podría basarse en su
tratamiento 'inverso' del blanco y negro y el color, la concepción fotográfica de cada plano con un virtuoso aprovechamiento del campo de visión, la utilización de la música y de los sonidos invasivos (extraordinario el uso de los ladridos de los perros mientras el sádico protagonista justifica sus atrocidades), la solvente narración saltando en el tiempo con las complicaciones que ello supone en el cine para que ofrezca resultados positivos o la inconmensurable interpretación de August Diehl.

Pero junto con las excelencias artísticas y técnicas de la película, lo más importante de ella es la necesidad de que veamos un cine que trate la historia de unos sádicos carniceros que llegaron a gobernar un país crucial para nuestra civilización, extendieron sus soflamas y dejaron el mundo hecho trizas tras anunciar que venían mil años de gloria, buscada e implantada sin contemplaciones desde los campos de batalla hasta el bloque 10 de Auschwitz donde Mengele jugaba a ser un dios —un diablo— de la medicina. Se han rodado miles de películas sobre esto, pero parece que se nos ha olvidado lo que sucedió hace tan solo ochenta años.

En la primera secuencia de la película, una de las más inteligentes, simbólicas y preocupantes sobre lo que parece que cada vez más ignorantes intentan justificar, un profesor maduro de la Universidad de Medicina de Sao Paulo muestra el esqueleto del médico nazi a un grupo de estudiantes. Antes de entrar a analizarlo como simple instrumento facultativo, el doctor pregunta en voz alta a los jóvenes: «¿Alguien sabe quién fue Josef Mengele?». Ni uno solo de ellos conoce el nombre.

Esta secuencia, demoledora con tan poco, y las imágenes en color que reproducen las grabaciones originales en 16 mm. de la familia Ovitz en Auschwitz, durísimas, mientras sus miembros -enanos- cantan y tocan instrumentos en el campo de concentración, resumen lo que se nos debe quedar más allá de la retina como puerta de valoración cinematográfica de una película, y que en este caso debe ser vehículo para que nos penetre el mensaje como un cuchillo y nos deje la marca de la cual no podemos volver a pasar como seres humanos.

Videocrítica y reportaje donde también os comento datos históricos sobre Mengele reflejados en libros como «Yo, comandante de Auschwitz» de Rudolf Höss, ya en este enlace del canal #UltimoEstreno. La película está en #filmin: https://youtu.be/8ITH66VliRM?si=k_j3YSGNTw5PhEhE

martes, 18 de agosto de 2026

Juan Tamariz y «El espíritu»



Ha muerto Juan Tamariz. Antes de demostrar que era el número uno creando magia, su deseo fue ser director de cine. En 1969 hizo el cortometraje «El espíritu» tras su experimental «Muerte S.A.» en 1967 como práctica de sus estudios en una escuela que le aburrió tela y que además cerró, así que se dedicó a hacer felices a los demás a través de otra manera de engañar maravillosamente al ojo humano.

«El espíritu» cuenta una sesión de espiritismo en la que se aparece el fantasma de una mujer. Además, analiza la fascinación que los ilusionistas han sentido hacia el cine desde sus inicios, viéndolo como una forma de promocionar sus números e impulsar sus carreras artísticas. No está disponible en ninguna televisión ni plataforma. Lo custodian en la Filmoteca Española y no puede verse por el gran público. Fue también el primer trabajo de Carmen Maura antes de entrar en el cine por derecho.

Ahora que Tamariz nos ha dejado, al menos RTVE podría hacer lo posible por incluir «El espíritu» en su catálogo.

El entrañable mago vivía entre Madrid y San Fernando (Cádiz) desde hacía décadas, asiduo cliente de la Venta de Vargas. Tuve el placer de entrevistarlo hace ya años. Aunque Juan buscaba en el sur la tranquilidad que no encontraba en la capital española, podía haber sido el asesor ideal para que los gobernantes de turno de uno y otro signo y de distintas épocas hubieran puesto a la ciudad, a la Bahía de Cádiz, en el centro neurálgico del ilusionismo mundial, bien en forma de congresos, conferencias, encuentros o cualquier cosa que aportara eso tan manido que llaman 'dinamización económica' (y cultural, oiga) con mayúsculas. Pero aquí estamos ocupados en otras cosas y carajotadas mientras nos miramos el ombligo lleno de pelusa.