Los primeros recuerdos que tengo de Grazalema se remontan a hace casi medio siglo. Para ello me ayudo de una fotografía que me desilvana la madeja de los hilos ovillados como remembranzas dormidas. Las desperezo con cuidado, para evitar desmarañarlas y después me vea incapaz de colocarlas en el sitio ordenado del costurero de la memoria, que a edad madura tendemos a removerlo buscando agujas que ya no pueden volver a coser lo vivido y mucho menos cambiar de talla.
En la imagen tengo un gorro de lana y las manos en los bolsillos de una chamarra de pana con reverso de borrego, muy de la época. Intuyo que es de finales de los setenta tanto como que hacía frío a pesar de que el sol dibuje mi sombra sobre la hierba y la silueta del Seat 1430 de mi padre. Era un coche blanco con tapicería de terciopelo rojo que nos llevó a lugares tan dispares como Madrid, Alicante, el Tívoli de Benalmádena... y Grazalema.
Sonrío pero me recuerdo mareado por las curvas. Por eso nos detuvimos un rato en el arcén. En otra foto similar (tengo dos del momento) estoy sentado sobre un montículo con el rostro lívido. Y voy desmadejando hasta irrumpir en mi mente una señal de tráfico en la que se leía que aquello era el Puerto del Boyar.
Imposible saber si fue el mismo día que el de otro momento que surge en mi memoria aunque sin fotografía que me ayude a sumar más recuerdos. El de una casa de nívea fachada cuando aún no se estilaba el lema de los 'pueblos blancos' en la que una señora cocinaba y ofrecía su riquísimo puchero a aquellos visitantes que adivinaban que su salón era una improvisada casa de comidas y por unas pocas pesetas resucitabas de entre los muertos que veníamos del Boyar. Por entonces no existían los bares de ahora, ni restaurantes de cartas con varias páginas, ni hoteles por Booking ni viviendas de alquiler para foráneos. Desde entonces, Grazalema ha formado parte de mi vida como lo son las cosas y las personas de las que te enamoras.
Grazalema es un pueblo ingrávido. Han transcurrido los años y las costumbres se han visto afectadas por quienes somos foráneos, pero no lo suficiente como para comprobar su innata impermeabilidad a cualquier campo de fuerza que pueda alterar su naturaleza, la física y mental. Es el lugar en cuyos asomaderos, que es el primer enclave donde voy recién llegado, aguardo en compás de espera el lenguaje al alimón de los balidos y los cencerros en la lejanía mientras el agua que nace en El Endrinal susurra a un lado y a otro golpea en los lavaderos frente a la Fuente de Abajo.
Grazalema me ha visto crecer en cada visita, ha sido un lugar de muchas vivencias personales, incluidos escarceos de adolescencia, y de experiencias profesionales, entre ellas las jornadas de exhumación de las fosas comunes cuya primera edición, en 2008, decidí voluntariamente cubrir para el medio en el que trabajaba por entonces, y cuyas conclusiones se quedaron clavadas para siempre en mi ideario mucho más allá del político: en el de lo ético y lo moral.
Grazalema es silencio en noviembre aunque celebremos un cumpleaños. Es nuestra piscina levitando en el cielo en verano. Es buscar la papelera más próxima para tirar el envoltorio de los cubiletes. Es zafarse de esa perenne e inmortal señora mayor que, desde hace años, controla los horarios de las iglesias del pueblo para que no se escape nadie sin dar un donativo mientras te regala una estampa de algún santo y, por supuesto, te cuenta la historia de cualquier imagen sacra como le des pábulo. Es la panorámica desde la calle solitaria y más elevada de la Villa Turística, pernoctar en sus casas, encender la chimenea y contemplar, sin mirar el reloj, los pespuntes de las farolas del pueblo, allá en la lejanía, trazando una maravillosa constelación terrenal.
Y es Cádiz el chico, por supuesto, el restaurante. Donde Paco y su familia nos reciben con los brazos abiertos y nos dan las horas comiendo y charlando con él cada vez que se acerca a nuestra mesa. Donde hemos celebrado la Nochevieja durante años para terminar en la Plaza de España con las campanadas en su Ayuntamiento, deseándonos lo mejor para poder regresar al mismo lugar doce meses después.
Grazalema es el pueblo de Carlos, el alcalde, que es compañero de profesión porque ejerció en la radio antes de su salto a la política. Alejado del ruido que genera la política actual a niveles más elevados, es un buen tipo, al que me alegra saludar y con el que los grazalemeños están contentos.
Esto, al menos, y resumidamente, es Grazalema para mí. Cada cual posee sus particulares fotografías que te ayudan a recordar que hay lugares unidos a ti para siempre. A mí me ocurre con este pueblo de la sierra gaditana donde queremos volver en cuanto su gente deje atrás esta pesadilla para hacer lo que, en ocasiones, todos debemos: valorar los lugares y las personas que tanto nos dan sin necesidad de que les ocurra una desgracia como la que está sucediendo en estos días.



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