martes, 8 de septiembre de 2026

Una APP que te convierte en ochentero


Por lo visto está de moda una aplicación que te transforma en un ochentero de manual al enviarle una fotografía. Te ves en ella con la ropa (outfit, dice ahora la gente moderna) y en el entorno actual y, en pocos segundos, a tu chaqueta o jersey le surgen hombreras o se convierten en chándales de colores peculiares con rayas de la época. Y no digamos nada de lo que el dichoso programa hace con tu pelo: lo mismo te lo carda que te coloca un tupé. 

Estamos asistiendo a un resurgimiento (revival, emplean los cursis que suelen escribir de cine) de los años ochenta, una década con un carácter muy marcado en muchos aspectos —estilo de vestir, música, cine, irrupción de nuevas tribus urbanas y sustancias, enfermedades, etc.— y que particularmente me pilló entre los once y los veintiún años de edad. Es decir, en plena efervescencia juvenil, en los descubrimientos más importantes para definir la personalidad, dando inicio a este periodo en el colegio aprendiendo Sociales y Naturales y finalizándolo delante de un micrófono de radio contándole a la gente lo cojonuda que es Casablanca y el folletín interminable en el que se convirtió Lo que el viento se llevó tras rodarla nada menos que cuatro directores. 

Entre medio, todo un mundo de tantas cosas que fueron icónicas de los ochenta. Naturalmente, el resto de décadas del siglo veinte también contaron con su genética particular. Pero llama la atención el regreso a lo ochentero. Algo deben tener aquellos años para que, incluso los hijos de padres y madres que nacieron mientras Scorsese estrenaba Toro salvaje, estén utilizando la aplicación de marras, tratando de convertirse en el tronco que va a buscar a la basca para jugar al Pacman antes de exclamar «me piro papiro» para irse a su keli.

Con todo esta afinidad hacia la época de Mari Cruz Soriano dando la tabarra con su piano o comprobando que Lorenzo Lamas era el rey de las camas, se corre el riesgo de la idealización, especialmente por quienes no vivieron aquellos años. Una legión de nostálgicos platónicos que hoy invade nuestra sociedad en otros ámbitos que sí son preocupantes, como los nacientes cachorros del franquismo y de similares regímenes o ideologías políticas cuyos discursos son un dislate y encima anacrónico. Ves la estética, «la presentación» que decía Oskar Schindler cuando daba coba sobre su fábrica de pucheros y te apuntas a la soldadesca de Darth Vader, cuya diseño molaba mucho más que los horteras del bando rebelde. Algo así como lo cojonudo de la parafernalia nazi, con sus uniformes y cascos relucientes, frente a las escupideras que los ingleses llevaban en la cabeza.

Esta anemoia, como John Koenig calificó a la nostalgia no vivida, es digna de estudio aunque siempre queda el resquicio de la justificación basada en lo no sufrido, en el desconocimiento del lado negativo de las cosas, de las épocas. O en la voluntad férrea de ignorarlo. En el caso de quienes ansían volver atrás aún habiendo sufrido los efectos y consecuencias del momento, no creo que sea necesario recurrir a la doctrina médica para diagnosticar lo que es del todo una imbecilidad supina o un ejercicio de masoquismo irreversible.

El caso es que los ochenta están de moda. Creo que es un lema que ya he leído por algún sitio. Yo, que los viví, me alegro por lo que supone desempolvar años que marcaron a mi generación, pero actuando bajo dos premisas: la primera, que el regreso a determinados momentos de tu vida y con ello sus circunstancias o las personas que te rodearon debe constituirse en un gesto de gratitud antes de dar el portazo que te devuelva a la actualidad para evitar ser un nostálgico irredento, y la segunda, mi desacuerdo absoluto con Proust cuya recomendación de no volver a los lugares donde fuimos felices me pareció siempre muy cobarde. 

A mí me gusta imaginar esa posibilidad porque no son las localizaciones de mi infancia y adolescencia las que me frustran. Me sirven para valorar el paso del tiempo desde dos perspectivas en sentidos inversos. Recurro a los recuerdos materiales de los ochenta, que no son pocos en mi casa y en el paisaje que aún conserva aquella esencia, para, en esa misma comparativa de la fotografía actual con la que genera la aplicación, comprobar lo felices que fuimos sin preocuparnos de inmortalizarlo todo como sucede con la generación actual que anhela ¿verse? ¿Trasladarse? a los ochenta. No tengo apenas fotos en la puerta del colegio, ni en los salones recreativos con mi adorada Cosmic Alien; tampoco comiéndome un dulce de merengue recubierto de chocolate en la pastelería del pasaje que comunicaba la calle donde yo vivía con la del cine en el que vi mis primeras películas, del que no tengo tampoco fotos accediendo por sus escaleras por muchas veces que repetí el gesto. Jamás existieron las fotos del Bar Los Lunares a las tres y media de la tarde lleno de escolares de uniforme empujándose unos a otros para echar los cinco duros en la Galaxian, ni bebiéndome un batido cuya botella de plástico aplastábamos posteriormente para jugar al fútbol con ella (!). Ni siquiera contemplábamos en nuestra infantil mente que tuviera algún interés una instantánea de nosotros mirándonos en el espejo del aseo de casa haciendo con los dedos la señal de la victoria rodeado en segundo término de calcetines usados, los calzoncillos en el bidé y los potingues para la cara que usaba tu madre. Nosotros, en los ochenta, vivíamos centrados en lo que vivíamos, disculpen el Rajoy que acabo de marcarme. No negaré que estaría bien tener más testigos en papel fotográfico con fecha por detrás que los de la Primera Comunión, apipirigañado en Nochebuena o con el meyba en la playa sentado en la copia de plástico del mítico Tango Adidas del Mundial 82. Pero al menos me queda una con el ZX Spectrum y mi mejor amigo de la infancia y varias de Semana Santa. Me pongo a pensar en todo lo que podíamos haber fotografiado en los ochenta que tuvo relación con mi generación y siento verguenza ajena de las fotos de los quinceañeros actuales en los cuartos de baño. ¡Qué de cosas y momentos no fotografiados pasan por mi mente!

Lamento no tenerlos inmortalizados y es entonces cuando me entra envidia de quienes quieren verse como pibes ochenteros, muchos de ellos con sus vidas registradas digitalmente al minuto. Pero a la vez creo que esta gente jamás lograría adaptarse a aquella época, que se trata simplemente de una atracción pasajera, alentada por una cierta reivindicación del pensamiento en el ambiente de que todo lo aportado en aquellos años no fue reconocido como debiera. O que cualquier tiempo pasado fue mejor, que es el reverso tenebroso —y peligroso— de este revival. ¡Me cachis, ya utilicé el puñetero anglicismo preferido por los pretenciosos de la crítica cinematográfica!

martes, 1 de septiembre de 2026

«La desaparición de Josef Mengele»


La justificación para considerar «La desaparición de Josef Mengele» como una película tremendamente interesante podría basarse en su
tratamiento 'inverso' del blanco y negro y el color, la concepción fotográfica de cada plano con un virtuoso aprovechamiento del campo de visión, la utilización de la música y de los sonidos invasivos (extraordinario el uso de los ladridos de los perros mientras el sádico protagonista justifica sus atrocidades), la solvente narración saltando en el tiempo con las complicaciones que ello supone en el cine para que ofrezca resultados positivos o la inconmensurable interpretación de August Diehl.

Pero junto con las excelencias artísticas y técnicas de la película, lo más importante de ella es la necesidad de que veamos un cine que trate la historia de unos sádicos carniceros que llegaron a gobernar un país crucial para nuestra civilización, extendieron sus soflamas y dejaron el mundo hecho trizas tras anunciar que venían mil años de gloria, buscada e implantada sin contemplaciones desde los campos de batalla hasta el bloque 10 de Auschwitz donde Mengele jugaba a ser un dios —un diablo— de la medicina. Se han rodado miles de películas sobre esto, pero parece que se nos ha olvidado lo que sucedió hace tan solo ochenta años.

En la primera secuencia de la película, una de las más inteligentes, simbólicas y preocupantes sobre lo que parece que cada vez más ignorantes intentan justificar, un profesor maduro de la Universidad de Medicina de Sao Paulo muestra el esqueleto del médico nazi a un grupo de estudiantes. Antes de entrar a analizarlo como simple instrumento facultativo, el doctor pregunta en voz alta a los jóvenes: «¿Alguien sabe quién fue Josef Mengele?». Ni uno solo de ellos conoce el nombre.

Esta secuencia, demoledora con tan poco, y las imágenes en color que reproducen las grabaciones originales en 16 mm. de la familia Ovitz en Auschwitz, durísimas, mientras sus miembros -enanos- cantan y tocan instrumentos en el campo de concentración, resumen lo que se nos debe quedar más allá de la retina como puerta de valoración cinematográfica de una película, y que en este caso debe ser vehículo para que nos penetre el mensaje como un cuchillo y nos deje la marca de la cual no podemos volver a pasar como seres humanos.

Videocrítica y reportaje donde también os comento datos históricos sobre Mengele reflejados en libros como «Yo, comandante de Auschwitz» de Rudolf Höss, ya en este enlace del canal #UltimoEstreno. La película está en #filmin: https://youtu.be/8ITH66VliRM?si=k_j3YSGNTw5PhEhE

martes, 18 de agosto de 2026

Juan Tamariz y «El espíritu»



Ha muerto Juan Tamariz. Antes de demostrar que era el número uno creando magia, su deseo fue ser director de cine. En 1969 hizo el cortometraje «El espíritu» tras su experimental «Muerte S.A.» en 1967 como práctica de sus estudios en una escuela que le aburrió tela y que además cerró, así que se dedicó a hacer felices a los demás a través de otra manera de engañar maravillosamente al ojo humano.

«El espíritu» cuenta una sesión de espiritismo en la que se aparece el fantasma de una mujer. Además, analiza la fascinación que los ilusionistas han sentido hacia el cine desde sus inicios, viéndolo como una forma de promocionar sus números e impulsar sus carreras artísticas. No está disponible en ninguna televisión ni plataforma. Lo custodian en la Filmoteca Española y no puede verse por el gran público. Fue también el primer trabajo de Carmen Maura antes de entrar en el cine por derecho.

Ahora que Tamariz nos ha dejado, al menos RTVE podría hacer lo posible por incluir «El espíritu» en su catálogo.

El entrañable mago vivía entre Madrid y San Fernando (Cádiz) desde hacía décadas, asiduo cliente de la Venta de Vargas. Tuve el placer de entrevistarlo hace ya años. Aunque Juan buscaba en el sur la tranquilidad que no encontraba en la capital española, podía haber sido el asesor ideal para que los gobernantes de turno de uno y otro signo y de distintas épocas hubieran puesto a la ciudad, a la Bahía de Cádiz, en el centro neurálgico del ilusionismo mundial, bien en forma de congresos, conferencias, encuentros o cualquier cosa que aportara eso tan manido que llaman 'dinamización económica' (y cultural, oiga) con mayúsculas. Pero aquí estamos ocupados en otras cosas y carajotadas mientras nos miramos el ombligo lleno de pelusa.



Cuento de infancia y de verano, que diría Rohmer


«Hay gente que me dice que la capacidad de soñar pertenece a la niñez y a la primera juventud, y que el talento para el sueño se pierde con las facultades del oído y la vista. La experiencia me dice todo lo contrario. Hoy día sueño más que de niña o de muchacha, y en mis sueños actuales están las cosas más precisas y admirables que nunca».

(Isak Dinesen)

 

Isabel tenía –tiene- unos ojos profundamente azules. Los almendraba cada vez que cruzaba los pasillos del colegio, acompañada de sus compañeras, cuando yo tenía la fortuna de lograr que su mirada se cruzara con la mía. Yo contaba con apenas catorce años, mi curso era Octavo de EGB ‘A’ y ella estaba en el ‘B’. Eran tiempos distintos a los actuales y en Cádiz había niños como para saturar aquellas aulas de pizarras empolvadas de tiza empaquetada en barras y ceniceros humeantes en las mesas de los profesores. A nosotros nuestra clase nos parecía enorme, como un gigante engulléndonos en su rutina matutina. La luz penetraba por unos ventanales intercalados simétricamente en el muro hacia el exterior, desde donde se filtraban el silbato de los trenes y los ruidos de las grúas de los astilleros al otro lado de la vía férrea. Casi cinco décadas después, hace varios años, regresé a Octavo ‘A’ como visitante para comprobar que, en realidad, no era tan monumental. Éramos nosotros los pequeños quienes íbamos creciendo a cada curso que superábamos.

Pero hablaba de Isabel, que al estar en el ‘B’, para cualquier cosa a la que había que acudir ordenadamente —es decir, a todo— iba detrás de mí por disciplina organizativa. Yo disfrutaba de ventaja sobre ella al iniciar el recorrido por un laberinto repleto de puertas a uno y otro lado, interrumpido por alguna escalera que conducía a la planta superior con más aulas. Había una estatua de madera de una Virgen ante la que algunos se persignaban diariamente con una apresurada señal de la cruz. De manera que, al volver del patio en el tiempo de recreo especialmente, aprovechaba la distancia de ventaja que me daban unas decenas de alumnos, ellos con aquel uniforme de camisa cruda, jersey azul en forma de pico, un pantalón gris que provocaba continuos picores desde los albores de la primavera y mocasines de color negro. Las chicas lucían su falda de tartán con tonos verdes, azules, blancos y unas líneas amarillas que venían a darle un toque ‘rompedor’ al geométrico diseño. Cuando llegaba a la clase me apostaba en el quicio de la puerta, como quien no quiere la cosa, dándole mi particular utilidad a los minutos muertos. Esperaba en permanente estado de vigilia, con un ojo pendiente de las filas del alumnado y con el otro de la amenazadora irrupción del profesor. Aguardaba a tener la dicha de que aquellos preciosos ojos claros se cruzaran con los míos. Perdí la cuenta de los intentos porque a veces aparecía don Manuel, Don Juan o el padre Aranda y corría veloz hacia mi pupitre antes de que recibiera la correspondiente reprimenda. Otras, los machitos del ‘B’, que eran más altos y guapos que yo, precedían a las chicas y quiero suponer que, inconscientemente, me impedían la visión amplia para cumplir con mi inconfeso ritual. Tengo que decir que fueron menos las veces que Isabel dirigió su mirada hacia otro lado huyendo de la mía, porque la mayoría de las ocasiones que se sentía observada durante aquellos escasos segundos me correspondía con una pizca de dulzura, una dosis de compromiso y un toque de protocolaria educación. Imagino que el mismo método que empleaba con otros supuestos mirones como yo, pero para mí aquel gesto se convertía en una particular sonrisa de Duchenne. Supongo que le extrañaría la actitud de aquel niño que consideraba misión imposible acercarse a una chica ni para pedirle la hora porque yo era tremendamente tímido. En la calle, si me encontraba con alguna compañera de clase en horas no lectivas, corría literalmente para cruzar de acera o esconderme tras los coches. Quizás no era el único argantoniano ingenuo e incipientemente enamoradizo como dictaminaba la edad y alguno que otro practicaba el mismo juego de miradas con ella, aunque me agradaba comprobar que la inmensa mayoría de mis compañeros preferían observar las nacientes voluptuosidades de algunas chicas más sinuosas que pronto tendrían que escoger entre ciencias y letras y en apenas un par de años llegarían a COU, gente ya en plenitud de la adolescencia e inalcanzable según la visión que nos aportaba asomarnos al pretil de la juventud viviendo aún en casa de la infancia. Esa indefectible carrera de las niñas más ‘aclamadas’ hacia su desarrollo físico me importaba muy poco. Yo era más de contemplar aquella chica etérea, de tez clara y cabello rubio, que apenas se dirigía a mí pero que, con una sola y fugaz mirada correspondida, hacía felices mis días de colegio, de recreativos por la tarde y de primeras cervezas los fines de semana.


Y así pasaron las semanas, los meses, varios años, alguna que otra charla no más allá de ciertas dudas sobre las matemáticas o los recursos estilísticos literarios y, como excepcional distensión, preguntas sobre si coincidiríamos en la excursión de fin de curso a Mallorca. Nada que me hiciera pensar que había sido escogido como chico preferido por ella, pero lo suficiente como para creerme Johnny Guitar y convertir a Isabel en mi Vienna particular sin ni siquiera saber aún de la existencia de la maravillosa película de Nicholas Ray. «Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años…».



Yo me marché del Colegio Argantonio en 1986. Dejé abruptamente el centro y mi vida cotidiana en Cádiz, y con todo ello a mis compañeros de pupitre. El destino ha querido que volvamos a encontrarnos décadas después, gracias a una labor grupal de deseada constancia, iniciada por un compañero, que para mí tiene poco de nostalgia y mucho de redención. Porque la nostalgia es el dolor sufrido por no poder regresar, y yo no quiero volver atrás. Cuántas cosas hemos construido –todos los que estáis leyendo ahora mismo- desde que éramos niños, cuántas personas han formado parte de nuestras vidas y qué final del camino hemos comenzado a trazar cuando hemos llegado al cénit de nuestra madurez. Se equivocan quienes creen que añoro el pasado al ver en mis redes fotografías de mis máquinas recreativas arcade de los años 80 en mi casa, rescatadas de garajes, bares o naves polvorientas, exponer en las estanterías mi ZX Spectrum de 1983 o un peluche del Tívoli World. Todo eso contribuyó a ser quien soy y conviene no olvidar que, en la medida que consideremos oportuna, debemos ser justos con las cosas y las circunstancias –buenas y no tanto- que nos han hecho ser lo que somos. Lo demás es renegar también de la gente que te rodeó y sobre todo de ti mismo, que es lo más triste.

Digo que reanudar –desde hace ya unos años- el contacto con aquellos compañeros de pupitre ha tenido mucho de redención porque las heridas que producen las puertas cerradas de manera apresurada jamás se curan si no aprovechas la oportunidad que puede volver a darte la vida para abrirlas nuevamente y comprobar que hubo gente que siempre estuvo en la otra habitación esperando el abrazo que no diste cuando te marchaste. Y, qué puñetas, siendo más prosaico, las cervezas que no te bebiste, las frikadas no compartidas y la sana necesidad de ver a los/las colegas por el mero cachondeo, sin necesidad de crear empresas, asociaciones ni objetivos de cualquier índole, que ya bastante hemos hecho en este sentido en la vida de cada cual a lo largo de cinco décadas.

Me disperso en mis reflexiones. Yo os hablaba de Isabel. Lo que ocurre es que vivimos en un mundo en el que la mayoría de lo que compartimos con los demás a través de las redes sociales aporta más bien poco a la hora de que afloren los sentimientos gracias a una labor de rescate en nuestro córtex cerebral. Nos conformamos –no me eximo de ello, que conste- con la favorecida estética del yo en un placentero y fugaz instante, que nos servirá de refrendo de nuestra potencial belleza o valía en función de las reacciones mostradas por los demás en forma de corazones, pulgares o palabras aduladoras. Y yo, que soy un pedante que trato de curarme sin resultado alguno, me aplico el efecto placebo de mis devaneos interiores, con la esperanza de que a alguien le sirva para recordar las miradas hacia los primeros amores platónicos e inconfesos, el olor a las clases de dibujo con la tinta china derramada, el barro pegado en las botas de agua en el regreso de la escuela en las gélidas y penumbrosas tardes de enero y el llanto por la tierra amada como tituló Alan Paton.

En la foto de abajo, Isabel y yo, el viernes 14 de agosto de 2026, en Cádiz, tras 41 años sin vernos. Me acordé de contarle todo esto, con la perspectiva y la comodidad que te da el transcurrir del prolongado tiempo y lo vivido. Resumí mi confesión, entre las risas de nuestra charla, con una frase: «Ya ves, fuiste mi musa del colegio». Al día siguiente, camino del lejano lugar donde reside en estos últimos años, me escribió un mensaje: «¡Gracias por todo lo que me contaste ayer! ¡No todos los días me dicen que he sido una musa!». No sé si volveré a verla alguna vez, quizá el verano próximo, como en una bella historia de mi admirado Éric Rohmer.



lunes, 3 de agosto de 2026

Juan Lebrón




Ha muerto Juan Lebrón. Un tipo hecho a golpe de trabajo, con una cámara de cine o de televisión en sus manos desde jovencito. Hablé frecuentemente con él en estos años sobre el rodaje de #veranoazul, él fue un cámara destacado durante los 16 meses que duró aquella odisea en Nerja. Recuerdo que cuando en 1995 presentó 'Flamenco' le pedí información sobre la película para hablar de ella en #UltimoEstreno en la radio, y me envió un fax de ¡40 páginas!

Lebrón tenía 73 años cuando nos ha dejado y venía luchando contra su enfermedad desde hace algunos años de la misma manera que lo ha hecho contra los políticos y jerarcas que intentaron pisotearlo por diferentes motivos. Vaya legado deja: series televisivas, joyas como las películas 'Sevillanas', 'Flamenco',... Ha venido defendiendo su trabajo de manera muy vehemente, a veces pareciera radical, pero la gente que se curra tanto lo suyo, no son pelotas ni tienen padrinos que los protegen solo tienen esa forma de alzarse contra el ninguneo y las injusticias que hoy están a la orden del día más que nunca. 

Descansa en paz, Juan.


Respecto al fax, aún lo conservo como tantas cosas de tantos años en el tajo. Debe ser por mi disposofobia aguda crónica...






sábado, 25 de julio de 2026

«High Hopes» de Pink Floyd con Zbigniew Preisner dirigiendo la orquesta en 2006 (canción subtitulada en español)

 

El prestigioso compositor polaco Zbigniew Preisner, conocido por sus magistrales colaboraciones con el director de cine Krzysztof Kieślowski en las películas de la trilogía de los colores (Azul, Blanco y Rojo) o La doble vida de Verónica, dirigió la Orquesta de la Filarmónica del Báltico Polaco (Polish Baltic Philharmonic Orchestra) en el concierto que David Gilmour, líder de Pink Floyd desde 1985 tras la salida de Roger Waters, ofreció en la ciudad polaca de Gdańsk el 26 de agosto de 2006, hace ahora veinte años.

El concierto, celebrado en los astilleros de esta localidad ante 50.000 personas, conmemoraba el 26º aniversario de la creación del sindicato Solidarność (Solidaridad). El espectáculo formaba parte de la gira de Gilmour con su disco On an Island y el tema de cierre fue High Hopes, el más recordado del álbum The Division Bell que Pink Floyd publicó en 1994, compuesto por Gilmour. Una canción que es una reflexión profunda y melancólica sobre el paso del tiempo, la pérdida de la inocencia, de las amistades de la infancia, la erosión por los hechos acontecidos y en definitiva el balance de la vida. Fue además una de las últimas apariciones en los teclados de Richard Wright, también componente de Pink Floyd, que falleció poco después de cáncer a los 65 años.

Enlace al vídeo con la canción subtitulada en #UltimoEstreno:  https://youtu.be/3OQscmZlWpo

miércoles, 22 de julio de 2026

Nolan estrena «La odisea» con una mirada referencial al Ulises de Camerini de hace 72 años



Ya está disponible en #UltimoEstreno el inevitable reportaje dedicado a «La odisea», la última película estrenada por el megalómano Christopher Nolan que, de todas maneras, en esta ocasión desciende unos escalones desde el olimpo de los cineastas (autoelegidos) por los Dioses con sus onanismos mentales y convierte una historia epopéyica en un relato sin los devaneos metafísicos acostumbrados.

A ver, sin florituras: que está muy potable «La odisea», que le sobran cuarenta minutos (especialmente de toda su parte final), que analizo en el vídeo la banda sonora del sueco Ludwig Göransson ¡defendiéndola! porque tenemos que entender que ha elegido otra manera de musicalizar la película ajena a lo tradicional (ha mandado a por tabaco los leitmotivs y el sistema narrativo al que nos acostumbró Max Steiner) y, sobre todo, que es buen momento para saber que no hay nada nuevo bajo el sol. Mucho presupuesto, eso sí, pero el perezoso de Nolan ha revisado, y bastante, la película que el italiano Mario Camerini dirigió, hace nada menos que 72 años, titulada «Ulises», y se ha dedicado a copiar secuencias sin pudor alguno. Una cosa es que la historia sea la misma y en el cine se hagan versiones y otra es calcar planos y motivos de una manera descarada. Os recomiendo enfervorizadamente visionar la película de 1954 (está en Filmin), con un Kirk Douglas en su salsa y una bellísima Silvana Mangano cinco años después de haber descompuesto al personal masculino recolectando arroz bien prieta de ropa.







domingo, 12 de julio de 2026

Lo último de Almodóvar, ya en Movistar+


 Ya está en Movistar+ este despropósito en todo.

 Este culebrón de personajes que entran y salen, que son interpretados tan nefastamente que no parecen dirigidos por Almodóvar, del que da la risa floja leer por ahí que se ha convertido en el Ingmar Bergman o el Fellini español. Mira que aprecio a Pedro, a su hermano, a gente que conozco que trabaja con él, pero yo jamás he pertenecido a ninguna corte de pelotas de nadie. 

Lo peor que puede pasarte en el cine es desear que acabe una película, y hay casos que por partida doble. Por mala y por tóxica. Olvidar una película tóxica es muy importante, porque aquí no es que el folletín sea solo un drama de gente enferma impostada para engendrar las inquietudes frustradas del cineasta manchego. Sufrir en el cine con gusto lo hemos hecho desde con Bambi a Memorias de África. Aquí es que es todo tan amargo y de tan mal rollo que intoxica porque no entiendes la necesidad de lo que cuenta, que en realidad es obligado o directamente nada. Salí del cine con mal cuerpo porque esta cosa me enmierda el mundo sin justificación. Y la he revisado en Movistar+ y no solo vuelvo a desear que termine, sino que me reafirmo en que ni siquiera Alberto Iglesias y su música me cuentan nada. Es más, además de momentos dudosamente musicalizados, algo me sacaba de la película en la secuencia en la que Elsa le muestra a Natalia, recién llegada, el paisaje de los socos de Lanzarote. Revisándola me acordé del tema del juego de Giosué de Nicola Piovani en La vida es bella. ¡Bingo!

Lo dicho: para quien no la vio, por si le va el sadomaso, Amarga Navidad (y tan amarga) está en Movistar+.

Crítica con más detalle en #ultimoestreno: https://youtu.be/vTqLbjVHzRw?si=SibJ6dBYP-UVAfJi


jueves, 9 de julio de 2026

Kioscos: eliminar pero también homenajear un elemento consustancial del urbanismo ciudadano de tantas generaciones


Los kioscos han sido esos pequeños habitáculos que, para generaciones pasadas, se hacían grandes en su ordenado caos cuando nos asomábamos al interior. Muchas ciudades disponían de ellos, me atrevería a decir que raro era el municipio que no contaba con alguno hasta hace pocos años. Los tiempos han cambiado y en las ciudades más turísticas resisten los que, además de la oferta tradicional de prensa (la que queda en papel), chucherías y otras maritatas, ofrecen recuerdos a los guiris. Pero en las poblaciones con menores posibilidades de venta de merchandising, los kioscos han ido desapareciendo, en una lenta agonía, hasta quedar sus recintos cerrados, algunos vandalizados, y convertidos en elementos que desentonan de un entorno urbano al que antaño no sólo contribuían con su estética, sino también a dar vida a barrios, calles en los que los niños correteaban hasta llegar a él para comprar estampas, las madres compraban el Dunia y los hombres tabaco suelto, entre una exposición de publicaciones dispares colgadas con pinzas y cajas rellenas de dulces que desprendían olores mezclados con papel impreso recién llegado.

El PSOE de Cádiz ha pedido al equipo de Gobierno de la ciudad que realice un inventario de los kioscos aún existentes en Cádiz y las condiciones en las que se encuentran, dado que la gran mayoría de ellos permanecen cerrados (Leer noticia). La propuesta se eleva con toda la buena intención del mundo para un mejor ornato urbanístico, no me cabe duda, y en ella se solicita además que estos recintos sean suprimidos.

Todo eso está muy bien, venga la iniciativa de la formación política, o entidad social, de la que venga. Pero qué escasa sensibilidad mostramos en muchas ocasiones.

Yo ahí, precisamente ahí, en ese kiosco que muestra la imagen superior publicada por un medio de comunicación gaditano, he comprado muchos soldaditos de plástico, caramelos de cuba libre, cromos de Mazinger Z, 'Mortadelos', los primeros Microhobby dedicados al ZX Spectrum... Y antes que yo, otros han comprado sus cosas. Y después mía también seguía vendiendo. Los tiempos cambian, no son rentables, habrá que retirarlos, pero... ¿no podemos aprovechar la coyuntura y homenajear al kiosquero de toda la vida que tanto nos alegró vendiéndonos nuestras cosas cotidianas?. Y precisamente ahí (vuelvo a utilizar la frase) sería un buen lugar por razones que basta ir allí para comprobarlo: no estorba, se encuentra en un hueco de poca utilidad en un ángulo recto entre dos fachadas, es un barrio donde transitan colegiales y adultos, y en un futuro, con el nuevo pabellón deportivo enfrente. Así que a ver si a alguien con cabeza pensante y mando en plaza se le ocurre encargar un proyecto parecido a este de la imagen, hecho obviamente con IA, y no solo suprimir para enlosar sin elementos identitarios.



martes, 7 de julio de 2026

Danny Elfman en España



Danny Elfman lleva varios días en España ofreciendo conciertos de sus bandas sonoras en Barcelona y Madrid acompañado de la Orquesta y coros de RTVE.

Vivir el espectáculo de Elfman va más allá de lo maravilloso que es disfrutar de la música orquestal que pueda ofrecer un compositor de música cinematográfica. Él se convierte en protagonista como creador sinfónico y aparece,con su más fiel estilo estético, para cantar, mover sus dedos como Jack Skellington, recorrer el escenario y complacer nuestra vista con imágenes complementarias en una gran pantalla. Danny Elfman conjuga el ritual, la ortodoxia sinfónica, con los sones del musical y del rock que hacen posible encontrar entre el público dispar desde fans tan estrafalarios en su indumentaria como los personajes burtonianos hasta amargados con chaqueta que buscan excusas para decir que este artista multidisciplinar no deja de ser «el nuevo Bernard Herrmann». Como si, con 73 años ya a sus espaldas y habiendo hecho música desde los ochenta, su creatividad estuviera a la sombra alargada del maestro, olvidando que Elfman muestra a los héroes de las películas de Burton en tonalidad menor con sus particulares maneras, pero también han salido de su cabeza extraordinarias obras para El indomable Will Hunting, Big Fish o Sommersby.

Hace varios días, en el análisis musicológico que realicé sobre «El jorobado de Notre Dame», os hablaba del hecho de estigmatizar una película de animación por considerarla «adulta y oscura» si no es fiel a los patrones habituales del cine llamado infantil. A Danny Elfman le costó quince años que la gente entendiera realmente su magistral Pesadilla antes de Navidad. Hizo doscientas entrevistas en dos días (según cuenta) y en todas le dijeron lo mismo: da demasiado miedo a los niños. Ahora, en España, no ha concedido entrevistas con la excepción de los dos o tres medios más poderosos del país y a sus seguidores no se les ha permitido verlo de cerca ni firmas de discos y rituales de esa índole. Será que ya no tiene nada que justificar sobre su obra porque la ha logrado incluir entre las excelencias de la música de cine de todos los tiempos.

Fotos de Fer González del concierto de Madrid del lunes 6 de julio. Para el concierto de hoy martes aún quedan entradas.













domingo, 5 de julio de 2026

30ª aniversario de «El jorobado de Notre Dame» de Disney. Análisis musicológico de una película maltratada


He acabado tarareando los temas de madrugada entre pesadillas, con la espalda aún más fastidiada de lo que la tengo de estar sentado frente a dos ordenadores, discutiendo conmigo mismo por conclusiones con las que seguramente no estaré de acuerdo mañana o pasado como algunos tampoco lo estarán hoy mismo. Pero estas tres semanas de estudio continuo de El jorobado de Notre Dame (1996) y su banda sonora ha sido una de las experiencias más emocionantes de los últimos meses en cuanto al cine y su música.

Cuando el compositor Alan Menken escribía en sus redes sociales hace varias semanas que se cumplía el 30ª aniversario de la película y ponía a parir el lema con el que se le había ocurrido a Disney destacar esta efeméride, lamentando además el menosprecio con el que durante todos estos años había sido tratada su banda sonora, me obligó gustosamente a volver a las armas en la lucha que desde hace tres décadas he mantenido defendiendo esta música ninguneada por Disney y maltratada por el público tanto como la película, tachada de demasiado oscura y adulta para el público infantil. De modo que me puse la armadura y, bolígrafo en mano (soy muy analógico en eso, qué le vamos a hacer) revisé nuevamente esta joya de la animación y de la composición musical cinematográfica. Si ya llevaba tres décadas deslumbrándome, comprobar aún más determinadas cosas me ha llegado a emocionar: cómo Menken deja claro que, para él, Frollo es un clérigo y no un juez (¿Gol musical a Disney o hecho subliminal consentido?); que la libertad la ansía Quasimodo cantando Out There, pero Menken lo plasma desde el inicio hasta el final; o que Esmeralda podía haber tenido notas étnicas o mágicas, pero su narración musical es la pureza nívea del amor tanto en su papel de redentora como de líder étnica y por supuesto mujer.

Menken me ha dejado exhausto, con un brazo dolorido (asoma amenazadoramente otro hombro congelado, cuatro años después del primero) y me temo que me tendré que tomar en serio la necesidad del descanso en verano, aunque hay varios frentes de otra naturaleza con faena por atender. Como Frollo y sus deseos hacia Esmeralda, debo practicar la contención y evitar la tentación que continuamente me provocan las películas que se me insinúan desde la nutrida videoteca y que además tientan mis bajos instintos musicales de manera inmisericorde. A ver si logro vencerla, aunque llevan embaucándome desde hace casi cuatro décadas: el próximo octubre se cumplirán 37 años desde que por vez primera hablé y escribí de cine en los medios.

Así que cuidaos de las altas temperaturas y feliz verano.

ENLACE PARA VER EL VÍDEO: https://youtu.be/TqzAgIymzU0?si=7YjHM1jbxvlKHF-T

viernes, 19 de junio de 2026

«El día de la revelación». Crítica y análisis musicológico



Les ruego que no prejuzguen mis palabras. Entiendo que recurrir a la comparativa entre El día de la revelación y Encuentros en la tercera fase es para neófitos iniciados, pero tampoco puedo obviar lo que Spielberg en conclusión ha querido hace en su última película: una versión dos, tres, cinco punto cero (el número depende de hasta dónde noten ustedes el cambio) de la película que rodó hace nada menos que cincuenta años. No hay más, siento ser básico, primitivo, escueto. Lo que cambian son las circunstancias, la presentación, que decía Oskar Schindler. A todo lo más, el plato se sazona con unas pizcas de otros productos de la misma temática del director, con especial predilección por Inteligencia Artificial. Mucha más de la que pueda aparentar. Si no, que se lo digan a John Williams. Pero vayamos por partes.

Dada la manía por mostrar vida extraterrestre y exponerla con la misma filosofía en la que priman finales paroxísticos aun que pasen los años, Spielberg ha optado por volver a sus obsesiones con una inteligente –aunque inane- transformación del cuento adaptado a los tiempos. Hace medio siglo se recreó con la (pausada, casi interminable, se tiene que decir y se dice) secuencia del clímax de una película con éxtasis final en medio de una montaña y sostenida con los impulsos irracionales generados por personajes que tejen una maraña desmadejada con solvencia. Hoy el mensaje no está en un paraje exterior donde los extraterrestres contactan con los seres humanos a través de unas notas musicales, sino en los platós de televisión donde la irrupción de las noticias bomba en directo paralizan la actividad sobre la tierra. Actualización del entorno como medida más importante

La gente no llevaba móviles en 1977 y no todos tenían televisor en casa. Hoy resulta impensable no depender de la domótica, de los artefactos de comunicación inmediata, por lo que Spielberg ha tenido clara la actualización del cénit de su nueva obra de manida conceptualización: ha puesto a un marciano delante de las cámaras mientras la gente lo contempla en sus pantallas, alucinada, en el autobús, en las paradas, andando por las calles, en los WC,… ya no hace falta mirar escaparates de establecimientos que venden Telefunken de 24 pulgadas con válvulas en color. Ahora meamos sentados para ver mientras las noticias y tiktok. Y si la autocomplacencia spielbergiana de aquellos 70 abriendo ya la veda de su obsesión se extendía en la parte final de la película para alcanzar tintes epopéyicos, en El día de la revelación trata de hacerlo exactamente igual pero con periodistas, estudios televisivos y mensajes cacareados con staccato, en lugar de con música. Ya era un descaro hablar con los marcianos a través de cinco notas musicales, algo hay que disimular. De eso se encarga John Williams para, durante los primeros veinte minutos de El día de la revelación, apenas incluir música, en todo caso rutinaria, incidental, con el único reclamo y marchamo del estilo Williams pero sin capacidad narrativa alguna en el conjunto global de la película. El compositor nos deja intuir algo al cuarto de hora de película, en una conversación entre el informático Daniel Kellner y su novia exmonja (¡!), una naciente construcción del tema musical que posteriormente hilvanará la película, pero es solo un balbuceo. Porque en pantalla en ese momento solo está un tercio de los verdaderos protagonistas de este folletín. ¡Ponga un sincronizador mental en su penoso guión y solucione la vida a su culebrón!

Tenemos al Williams más narrativo a partir del minuto 20, cuando aparece el pájaro multicolor que forma parte del uso y abuso del CGI en el filme y suenan las notas –a veces con coros celestiales, en otras con trompa o ambos en el desarrollo- que surgen dando sentido musical al contacto como lo hicieron las atmósferas, los gorgoritos del lux aeterna utilizado por Kubrick en 2001, que a fin de cuentas es uno de los maestros de Spielberg en tantas películas. Todo lo demás, lo de Williams me refiero, es producto del piloto automático, además de deslavazado, casi anárquico. Y sí, no lo niego, Williams lo logra: nos une musicalmente a Daniel, a Margaret y a los marcianos disfrazados de fauna terrestre con Listen..., el tema estrella de la banda sonora: lo inicia con Daniel confesando sus miedos a su novia pero altera su desarrollo (no es el momento, están sucediendo otras cosas y queda por presentar en la siguiente secuencia al alter ego protagónico femenino), lo desarrolla con suficiente poder narrativo con la aparición del pájaro anteriormente citada, lo afianza a la media hora del filme cuando Daniel contempla a los ciervos en la casa de campo a donde huye con su novia y lo culmina un poco más allá de la hora y media cuando ambos están juntos y contemplan un zorro que los mira. 

Lo lógico hubiera sido que en la melaza final hubiera aparecido Listen..., no solo porque es el mensaje oral con el que termina la película, sino por el encuentro resolutivo entre las tres partes (extraterrestres, emisora y traductor) ante millones de espectadores. Pero en lugar de eso, Spielberg y Williams decidieron utilizar notas mayormente incidentales sobre un fondo de acúfenos durante once minutos, todo ello como recurso fácil para mantener la tensión mientras la combinación del sonido infinito sostenido y los ruidos causados por los efectos de la película nos rompen los tímpanos. Se adivina ahí, en las escenas de los extraterrestres desahuciados, documentalísticas, en blanco y negro o sepia, otra de las temáticas preferidas del director: el holocausto.

Qué bien escrita está la música (es Williams, puñetas) pero qué pesadez. Un cierto cambio de registro (que no silencio) parece interrumpirla tras seis minutos desde que comenzó la secuencia del desenlace de la cinta, y llama poderosamente la atención que surjan cinco notas que se repiten continuadamente, coincidiendo con la incipiente aparición en el estudio de televisión del extraterreste. ¿Cinco notas? ¿No eran cinco también las utilizadas para contactar con estos seres en Encuentros en la tercera fase, quizá las más famosas de la música de cine junto con el inmisericorde rasgueo de cuerdas de Herrmann en Psicosis? Todo lo demás, hasta la conclusión, son dedos pulsados en las mismas notas y un pitido insufrible. Llévense aspirinas.

Roy Neary hacía porquerías con la espuma de afeitar, con el barro. Spielberg utilizaba unos elementos y una simbología eficaz hace cincuenta años, ahora superada. De manera que, con ese sentido preclaro que siempre ha tenido el cineasta aunque las costuras se le note cada vez más –ya va camino de ochenta años-, aquel primitivismo había que sustituirlo por unidades de USB acumuladas como en cajas de tiendas de chinos, bifurcar en ambos sexos el vehículo humano que soporta y es utilizado para el mensaje final y rellenar minutos con lo que el director de  la saga de Indiana Jones o ET (ahora les comento porqué menciono estos títulos) ya ha demostrado ser lo que es. Es decir, pulcrísimas persecuciones llevadas al límite, efectos sonoros apabullantes, cámaras subjetivas, huidas inverosímiles (de ahí lo de las cintas antes citadas)… Nada nuevo, como venimos diciendo. Por mucho que algunos se empeñen en las loas de la secuencia del tren y el coche dando botes por la vía, hasta el punto de hacer el ridículo asegurando que es de las mejores secuencias rodadas en la historia del cine de acción. Les juro que lo he leído, no sé dónde, posiblemente en redes, esos lugares infectos plagados de críticos domésticos y gente muy cortita. ¿Es que nadie recuerda los quince últimos minutos de ET?

En todo este universo se entremezclan personajes estereotipados, arrepentidos repentinos de sus prácticas malvadas y niños hinchosos (¡que no falten en el paradigma spielbergiano!) reafirmados con el piano de Williams. De hecho, la regresión de Margaret en la reconstrucción de su hogar para descubrirnos la procedencia de su misión junto con la de Daniel es musicalmente similar a los devaneos caseros de David, el niño robótico de Inteligencia Artificial. Y hay también moralinas religiosas marca de la casa. En este sentido, da vergüenza ajena la secuencia de la lucha mental entre Noah Scanlon (Colin Flirth) y Jane Blankenship (Eve Hewson) en la que el espectador termina por pensar que está viendo una película barata de posesiones demoníacas (¡tanto plano del crucifijo y mano estigmatizada, por favor!) más que una historia de… bueno, una historia diluida, realmente. Que en Encuentros en la tercera fase la gente rezara e incluso aquel batallón seleccionado fuera a misa no chirriaba en 1977. De hecho, incluso Avildsen puso a rezar a Rocky Balboa en un retrete antes de repartir leña a diestro y siniestro, pero de aquellas pinceladas accesorias se ha pasado aquí a una trascendencia tan ridícula como inconexa: un convento de monjas, un repaso al génesis con una madre superiora que cree en la vida extraterrestre porque en la biblia se habla de la creación de la vida humana pero en la tierra, lo que abre la posibilidad de otras existencias más allá… La inclusión del elemento moral es tan pacato como innecesario en esta historia, pero Spielberg es lo que tiene: que o toca la fibra infantil o la religiosa, porque ¿qué es al fin y al cabo ET, aparte de una magistral película a años luz de lo último de su director, sino un ser venido del cielo que reclama bondad a la humanidad tras resucitar?



Ahora se nos pide que escuchemos. Fundido a negro y créditos. Tanto metraje para, al final, cortar el rollo como un apagón de luz. Con lo bonito que le hubiera quedado lo que Peter Hyams hizo para culminar 2010 tras su “Dios mío, está lleno de estrellas”, mucho más resultón. Y la sensación de que todo esto es un pastiche, un canto de cisne de un cineasta obsesionado con las posibilidades de vida inteligente más allá de la tierra (aquí, en ella, ya está casi extinguida) y una pretendidamente sagaz actualización de lo ya visto pero sin la frescura ni la revolución de quien con un simple pez en el agua generó el pánico mundial en lugar del tedio que causa dos horas y cuarto de una revelación que quizá guste a los periodistas que aún creen en lo idílico de los platós, las redacciones con laberínticos pasillos formados por mesas repletas de plumillas y que la verdad contada sin tapujos salvará a la humanidad, en lugar de hacerlo los anuncios publicitarios y los dineros endiñados por las administraciones públicas para convertir los medios en panfletos políticos. Eso si no se duermen en la butaca antes de la media hora final. Y también entusiasmará a los más incondicionales del director y de John Williams, pero esos no cuentan a la hora de hacer una justa y necesaria crítica ecuánime en el mundo del antaño Séptimo Arte, que se nos desangra a cada película estrenada. Aunque sea de nuestro contemporáneo Frank Capra dos, tres, cinco punto cero.
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VÍDEO EN EL CANAL #ULTIMOESTRENO CON LA CRÍTICA Y ANÁLISIS MUSICOLÓGICO DE LA PELÍCULA: Dado que en este videorreportaje se muestran escenas del filme y se explican momentos que pueden desvelar motivos narrativos y desenlaces importantes para el espectador, es recomendable verlo TRAS VISIONAR PRIMERAMENTE LA PELÍCULA, con el objetivo de recabar detalles que enriquezcan a quienes la visionen. No obstante, hay a quienes no les importan los llamados popularmente spoilers, que también pueden ver perfectamente este vídeo antes de la película si se trata de personas que prefieren conocer elementos de ella que, sin visionar antes la cinta, no se percatarían de sus significados o intenciones. ENLACE AL VÍDEO: https://youtu.be/_es8_vjgWDU


domingo, 14 de junio de 2026

¿Te acuerdas de Felisín? Fue uno de los candidatos a interpretar a Tito en Verano Azul

 


No era un personaje principal de la pandilla, pero en el capítulo ‘Beatriz mon amour’ cobra cierto protagonismo al parecer uno más de ellos durante una parte del episodio, acompañando sobre todo, por lo coetáneo de su edad, a Tito y a Piraña. Incluso tiene diálogos en unas escenas en la playa cuando los más pequeños no entienden qué está sucediéndole a Bea («ya es mujer») y deciden preguntar a los más mayores del grupo.

Felisín es el nombre de pila del amigo de la pandilla. Ese compañero de juegos que todos hemos encontrado en nuestras vacaciones estivales y vaya usted a saber qué fue de él… o no. Porque Felisín, en este caso, estuvo interpretado por Javier López, un niño que posteriormente no siguió el camino de la televisión ni el cine y que reside anónimamente en Pontevedra con su familia inmerso en una profesión ajena a lo audiovisual. Pero aquella experiencia fue inolvidable para él porque, además, tuvo la posibilidad de encarnar a Tito, al ser uno de los CINCO candidatos que fueron pasando por las pruebas de cámara de Antonio Mercero hasta que finalmente fuera elegido Miguel Joven.

Javier tenía desparpajo, incluso se rodaron algunas escenas con él (no utilizadas después obviamente) y se hicieron fotos, como una que circula por revistas de la época en la que se le ve jugando al ajedrez con Piraña. Pero su padre, que además era profesor particular en Nerja de Juanjo Artero y Gerardo Garrido (Javi y Quique), consideró que su hijo tenía que continuar sus estudios sin que interfiera en ello el rodaje de una serie que estaba previsto extenderse por un buen número de meses.

Así que, finalmente, Javier no hizo el papel, pero ello no fue obstáculo para que su padre le permitiera participar ocasionalmente en VERANO AZUL y divertirse un poco. La experiencia para él fue tan maravillosa que la recuerda con mucho cariño y mantiene contacto con algunos protagonistas de la serie, especialmente con Juanjo Artero, al que no veía desde hacía muchos años. Ahora, aprovechando que el actor ha visitado Ferrol en la gira de su obra ‘Asesinato en el Orient Express’, Juanjo y Javier han quedado para verse por mediación de su amigo común el bailarín y actor Domingo Sánchez, uno de los conocedores de la serie más reconocidos de España, cenar juntos y recordar aquellos tiempos. Y nos envían una fotografía de su convivencia. «Ha sido maravilloso volver a ver a Juanjo. Y sobre la obra, él está genial y muy bien el resto del elenco. El escenario, vestuario… todo es estupendo», nos ha comentado Javier López tras ver la obra en el teatro de Ferrol.

¿Recuerdas a Felisín? En este vídeo te ofrecemos un resumen de este texto y la secuencia más importante donde aparece.

Noticia procedente de: https://regresoaveranoazul.wordpress.com/2026/06/14/reencuentro-entre-javi-y-felisin-juanjo-artero-y-javier-lopez-los-recuerdos-de-quien-fue-candidato-a-ser-tito-en-verano-azul/

lunes, 8 de junio de 2026

¡Ojo con el entusiasmo 'musical' de «El día de la revelación»!


Obviando que no hay tíos más plastas en la tierra (y probablemente, más allá) sobre los marcianos que J. J. Benítez y Steven Spielberg
, el estreno de una película del director siempre se recibe con expectación. El viernes se abre la taquilla para
#eldiadelarevelacion (#DisclosureDay) y, entre las reacciones más sorprendentes que se están produciendo en la previa, están la de los pasionales seguidores de John Williams, algunos de los cuales ya hablan de una «maravillosa banda sonora» por el hecho de haber escuchado el tema que se ha dado a conocer.

Calificar una banda sonora por oírla, por muchas veces que se martilleen los oídos, es un grave error de concepto. Porque la música de cine, como su nombre indica, es DE CINE. Por lo tanto, no podemos valorar el nuevo trabajo del nonagenario Williams hasta que no veamos la película. Ni siquiera hacernos una idea, porque lo que hemos podido oir suena más a Nacido el 4 de julio que a presencias extraterrestres. Pero es puro engaño porque la verdad no está ahí fuera, sino en el visionado de la película. Será entonces cuando podamos comprobar el verdadero valor de su banda sonora, independientemente de que ahora, en la previa, nos puedan entusiasmar sus cuerdas y sus dos 'melodías' que podemos presuponer como hilo musical argumentario de la banda sonora.

Estaría bien no dejarnos llevar por la euforia, que en el caso de Williams es comprensible ante lo que supone la obra del maestro, y hacer un buen favor a la música de cine, insistiendo en que solo comprobando el papel narrativo y el desempeño de su verdadera (¡y única!) función podemos juzgar un trabajo que puede ser musicalmente perfecto pero una banda sonora fallida o una música inaudible fuera del filme pero magistral para las imágenes. Sobre todo para que el personal comprenda que la música de cine no se puede juzgar como otras «porque suene bonita o fea».

Te lo cuento con mayor detalle y ofreciendo algunos instantes de la BSO de la nueva peli en #UltimoEstreno en este enlace: https://youtu.be/bod_XQF1e7U?si=UseSGHssVtekxcn_

martes, 26 de mayo de 2026

Llega... ¡Galaxian! (Teaser)



Ya ha llegado nuestra nueva pieza museística arcade, y con ella, el ritual de desempaquetarla, revisarla y comenzar las posibles reparaciones y limpieza. Lo que en el lenguaje actual influenciado por los anglicismos llamamos Unboxing.

Volvemos a apostar por los GRANDES E ICÓNICOS MODELOS con los que se inició la época dorada de las recreativas, y si hace casi un año nos hicimos con una Cosmic Alien, ahora ya tenemos otra joya: GALAXIAN, y nada más y nada menos que la original norteamericana que fabricaba la compañía Midway a finales de la década de los setenta del pasado siglo. Una máquina de las más apreciadas, con un juego de los más recordados, y que tras salir de la planta de Ilinois recorrió no solo algunos lugares de USA, sino que terminó en Europa pasando por Bélgica y Alemania. Pero eso te lo contaremos en el videorreportaje que estrenaremos en junio, por ahora te ofrecemos un teaser de un minuto con el momento mágico de la llegada de GALAXIAN a nuestras manos, a las de #MOSKODAteam y #UltimoEstreno...

Comprendo que surgen algunas preguntas del millón como se suele decir: ¿De dónde salen estas máquinas tantos años después? ¿Quiénes las tienen y cómo hacerse con ellas? ¿Cuál es el objetivo? Ya os lo contaremos también en otros vídeos, pero no es complicado conocer algo del mundo retroarcade si bicheas por internet. Os recomiendo además la película documental Arcadeología (2021), de la que hablé en su momento cuando se estrenó y entrevisté a su director Aquí el enlace a la entrevista: https://youtu.be/Y1cz_-yjauQ