martes, 8 de septiembre de 2026

Una APP que te convierte en ochentero


Por lo visto está de moda una aplicación que te transforma en un ochentero de manual al enviarle una fotografía. Te ves en ella con la ropa (outfit, dice ahora la gente moderna) y en el entorno actual y, en pocos segundos, a tu chaqueta o jersey le surgen hombreras o se convierten en chándales de colores peculiares con rayas de la época. Y no digamos nada de lo que el dichoso programa hace con tu pelo: lo mismo te lo carda que te coloca un tupé. 

Estamos asistiendo a un resurgimiento (revival, emplean los cursis que suelen escribir de cine) de los años ochenta, una década con un carácter muy marcado en muchos aspectos —estilo de vestir, música, cine, irrupción de nuevas tribus urbanas y sustancias, enfermedades, etc.— y que particularmente me pilló entre los once y los veintiún años de edad. Es decir, en plena efervescencia juvenil, en los descubrimientos más importantes para definir la personalidad, dando inicio a este periodo en el colegio aprendiendo Sociales y Naturales y finalizándolo delante de un micrófono de radio contándole a la gente lo cojonuda que es Casablanca y el folletín interminable en el que se convirtió Lo que el viento se llevó tras rodarla nada menos que cuatro directores. 

Entre medio, todo un mundo de tantas cosas que fueron icónicas de los ochenta. Naturalmente, el resto de décadas del siglo veinte también contaron con su genética particular. Pero llama la atención el regreso a lo ochentero. Algo deben tener aquellos años para que, incluso los hijos de padres y madres que nacieron mientras Scorsese estrenaba Toro salvaje, estén utilizando la aplicación de marras, tratando de convertirse en el tronco que va a buscar a la basca para jugar al Pacman antes de exclamar «me piro papiro» para irse a su keli.

Con todo esta afinidad hacia la época de Mari Cruz Soriano dando la tabarra con su piano o comprobando que Lorenzo Lamas era el rey de las camas, se corre el riesgo de la idealización, especialmente por quienes no vivieron aquellos años. Una legión de nostálgicos platónicos que hoy invade nuestra sociedad en otros ámbitos que sí son preocupantes, como los nacientes cachorros del franquismo y de similares regímenes o ideologías políticas cuyos discursos son un dislate y encima anacrónico. Ves la estética, «la presentación» que decía Oskar Schindler cuando daba coba sobre su fábrica de pucheros y te apuntas a la soldadesca de Darth Vader, cuya diseño molaba mucho más que los horteras del bando rebelde. Algo así como lo cojonudo de la parafernalia nazi, con sus uniformes y cascos relucientes, frente a las escupideras que los ingleses llevaban en la cabeza.

Esta anemoia, como John Koenig calificó a la nostalgia no vivida, es digna de estudio aunque siempre queda el resquicio de la justificación basada en lo no sufrido, en el desconocimiento del lado negativo de las cosas, de las épocas. O en la voluntad férrea de ignorarlo. En el caso de quienes ansían volver atrás aún habiendo sufrido los efectos y consecuencias del momento, no creo que sea necesario recurrir a la doctrina médica para diagnosticar lo que es del todo una imbecilidad supina o un ejercicio de masoquismo irreversible.

El caso es que los ochenta están de moda. Creo que es un lema que ya he leído por algún sitio. Yo, que los viví, me alegro por lo que supone desempolvar años que marcaron a mi generación, pero actuando bajo dos premisas: la primera, que el regreso a determinados momentos de tu vida y con ello sus circunstancias o las personas que te rodearon debe constituirse en un gesto de gratitud antes de dar el portazo que te devuelva a la actualidad para evitar ser un nostálgico irredento, y la segunda, mi desacuerdo absoluto con Proust cuya recomendación de no volver a los lugares donde fuimos felices me pareció siempre muy cobarde. 

A mí me gusta imaginar esa posibilidad porque no son las localizaciones de mi infancia y adolescencia las que me frustran. Me sirven para valorar el paso del tiempo desde dos perspectivas en sentidos inversos. Recurro a los recuerdos materiales de los ochenta, que no son pocos en mi casa y en el paisaje que aún conserva aquella esencia, para, en esa misma comparativa de la fotografía actual con la que genera la aplicación, comprobar lo felices que fuimos sin preocuparnos de inmortalizarlo todo como sucede con la generación actual que anhela ¿verse? ¿Trasladarse? a los ochenta. No tengo apenas fotos en la puerta del colegio, ni en los salones recreativos con mi adorada Cosmic Alien; tampoco comiéndome un dulce de merengue recubierto de chocolate en la pastelería del pasaje que comunicaba la calle donde yo vivía con la del cine en el que vi mis primeras películas, del que no tengo tampoco fotos accediendo por sus escaleras por muchas veces que repetí el gesto. Jamás existieron las fotos del Bar Los Lunares a las tres y media de la tarde lleno de escolares de uniforme empujándose unos a otros para echar los cinco duros en la Galaxian, ni bebiéndome un batido cuya botella de plástico aplastábamos posteriormente para jugar al fútbol con ella (!). Ni siquiera contemplábamos en nuestra infantil mente que tuviera algún interés una instantánea de nosotros mirándonos en el espejo del aseo de casa haciendo con los dedos la señal de la victoria rodeado en segundo término de calcetines usados, los calzoncillos en el bidé y los potingues para la cara que usaba tu madre. Nosotros, en los ochenta, vivíamos centrados en lo que vivíamos, disculpen el Rajoy que acabo de marcarme. No negaré que estaría bien tener más testigos en papel fotográfico con fecha por detrás que los de la Primera Comunión, apipirigañado en Nochebuena o con el meyba en la playa sentado en la copia de plástico del mítico Tango Adidas del Mundial 82. Pero al menos me queda una con el ZX Spectrum y mi mejor amigo de la infancia y varias de Semana Santa. Me pongo a pensar en todo lo que podíamos haber fotografiado en los ochenta que tuvo relación con mi generación y siento verguenza ajena de las fotos de los quinceañeros actuales en los cuartos de baño. ¡Qué de cosas y momentos no fotografiados pasan por mi mente!

Lamento no tenerlos inmortalizados y es entonces cuando me entra envidia de quienes quieren verse como pibes ochenteros, muchos de ellos con sus vidas registradas digitalmente al minuto. Pero a la vez creo que esta gente jamás lograría adaptarse a aquella época, que se trata simplemente de una atracción pasajera, alentada por una cierta reivindicación del pensamiento en el ambiente de que todo lo aportado en aquellos años no fue reconocido como debiera. O que cualquier tiempo pasado fue mejor, que es el reverso tenebroso —y peligroso— de este revival. ¡Me cachis, ya utilicé el puñetero anglicismo preferido por los pretenciosos de la crítica cinematográfica!

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