domingo, 12 de julio de 2026

Lo último de Almodóvar, ya en Movistar+


 Ya está en Movistar+ este despropósito en todo.

 Este culebrón de personajes que entran y salen, que son interpretados tan nefastamente que no parecen dirigidos por Almodóvar, del que da la risa floja leer por ahí que se ha convertido en el Ingmar Bergman o el Fellini español. Mira que aprecio a Pedro, a su hermano, a gente que conozco que trabaja con él, pero yo jamás he pertenecido a ninguna corte de pelotas de nadie. 

Lo peor que puede pasarte en el cine es desear que acabe una película, y hay casos que por partida doble. Por mala y por tóxica. Olvidar una película tóxica es muy importante, porque aquí no es que el folletín sea solo un drama de gente enferma impostada para engendrar las inquietudes frustradas del cineasta manchego. Sufrir en el cine con gusto lo hemos hecho desde con Bambi a Memorias de África. Aquí es que es todo tan amargo y de tan mal rollo que intoxica porque no entiendes la necesidad de lo que cuenta, que en realidad es obligado o directamente nada. Salí del cine con mal cuerpo porque esta cosa me enmierda el mundo sin justificación. Y la he revisado en Movistar+ y no solo vuelvo a desear que termine, sino que me reafirmo en que ni siquiera Alberto Iglesias y su música me cuentan nada. Es más, además de momentos dudosamente musicalizados, algo me sacaba de la película en la secuencia en la que Elsa le muestra a Natalia, recién llegada, el paisaje de los socos de Lanzarote. Revisándola me acordé del tema del juego de Giosué de Nicola Piovani en La vida es bella. ¡Bingo!

Lo dicho: para quien no la vio, por si le va el sadomaso, Amarga Navidad (y tan amarga) está en Movistar+.

jueves, 9 de julio de 2026

Kioscos: eliminar pero también homenajear un elemento consustancial del urbanismo ciudadano de tantas generaciones


Los kioscos han sido esos pequeños habitáculos que, para generaciones pasadas, se hacían grandes en su ordenado caos cuando nos asomábamos al interior. Muchas ciudades disponían de ellos, me atrevería a decir que raro era el municipio que no contaba con alguno hasta hace pocos años. Los tiempos han cambiado y en las ciudades más turísticas resisten los que, además de la oferta tradicional de prensa (la que queda en papel), chucherías y otras maritatas, ofrecen recuerdos a los guiris. Pero en las poblaciones con menores posibilidades de venta de merchandising, los kioscos han ido desapareciendo, en una lenta agonía, hasta quedar sus recintos cerrados, algunos vandalizados, y convertidos en elementos que desentonan de un entorno urbano al que antaño no sólo contribuían con su estética, sino también a dar vida a barrios, calles en los que los niños correteaban hasta llegar a él para comprar estampas, las madres compraban el Dunia y los hombres tabaco suelto, entre una exposición de publicaciones dispares colgadas con pinzas y cajas rellenas de dulces que desprendían olores mezclados con papel impreso recién llegado.

El PSOE de Cádiz ha pedido al equipo de Gobierno de la ciudad que realice un inventario de los kioscos aún existentes en Cádiz y las condiciones en las que se encuentran, dado que la gran mayoría de ellos permanecen cerrados (Leer noticia). La propuesta se eleva con toda la buena intención del mundo para un mejor ornato urbanístico, no me cabe duda, y en ella se solicita además que estos recintos sean suprimidos.

Todo eso está muy bien, venga la iniciativa de la formación política, o entidad social, de la que venga. Pero qué escasa sensibilidad mostramos en muchas ocasiones.

Yo ahí, precisamente ahí, en ese kiosco que muestra la imagen superior publicada por un medio de comunicación gaditano, he comprado muchos soldaditos de plástico, caramelos de cuba libre, cromos de Mazinger Z, 'Mortadelos', los primeros Microhobby dedicados al ZX Spectrum... Y antes que yo, otros han comprado sus cosas. Y después mía también seguía vendiendo. Los tiempos cambian, no son rentables, habrá que retirarlos, pero... ¿no podemos aprovechar la coyuntura y homenajear al kiosquero de toda la vida que tanto nos alegró vendiéndonos nuestras cosas cotidianas?. Y precisamente ahí (vuelvo a utilizar la frase) sería un buen lugar por razones que basta ir allí para comprobarlo: no estorba, se encuentra en un hueco de poca utilidad en un ángulo recto entre dos fachadas, es un barrio donde transitan colegiales y adultos, y en un futuro, con el nuevo pabellón deportivo enfrente. Así que a ver si a alguien con cabeza pensante y mando en plaza se le ocurre encargar un proyecto parecido a este de la imagen, hecho obviamente con IA, y no solo suprimir para enlosar sin elementos identitarios.



martes, 7 de julio de 2026

Danny Elfman en España



Danny Elfman lleva varios días en España ofreciendo conciertos de sus bandas sonoras en Barcelona y Madrid acompañado de la Orquesta y coros de RTVE.

Vivir el espectáculo de Elfman va más allá de lo maravilloso que es disfrutar de la música orquestal que pueda ofrecer un compositor de música cinematográfica. Él se convierte en protagonista como creador sinfónico y aparece,con su más fiel estilo estético, para cantar, mover sus dedos como Jack Skellington, recorrer el escenario y complacer nuestra vista con imágenes complementarias en una gran pantalla. Danny Elfman conjuga el ritual, la ortodoxia sinfónica, con los sones del musical y del rock que hacen posible encontrar entre el público dispar desde fans tan estrafalarios en su indumentaria como los personajes burtonianos hasta amargados con chaqueta que buscan excusas para decir que este artista multidisciplinar no deja de ser «el nuevo Bernard Herrmann». Como si, con 73 años ya a sus espaldas y habiendo hecho música desde los ochenta, su creatividad estuviera a la sombra alargada del maestro, olvidando que Elfman muestra a los héroes de las películas de Burton en tonalidad menor con sus particulares maneras, pero también han salido de su cabeza extraordinarias obras para El indomable Will Hunting, Big Fish o Sommersby.

Hace varios días, en el análisis musicológico que realicé sobre «El jorobado de Notre Dame», os hablaba del hecho de estigmatizar una película de animación por considerarla «adulta y oscura» si no es fiel a los patrones habituales del cine llamado infantil. A Danny Elfman le costó quince años que la gente entendiera realmente su magistral Pesadilla antes de Navidad. Hizo doscientas entrevistas en dos días (según cuenta) y en todas le dijeron lo mismo: da demasiado miedo a los niños. Ahora, en España, no ha concedido entrevistas con la excepción de los dos o tres medios más poderosos del país y a sus seguidores no se les ha permitido verlo de cerca ni firmas de discos y rituales de esa índole. Será que ya no tiene nada que justificar sobre su obra porque la ha logrado incluir entre las excelencias de la música de cine de todos los tiempos.

Fotos de Fer González del concierto de Madrid del lunes 6 de julio. Para el concierto de hoy martes aún quedan entradas.













domingo, 5 de julio de 2026

30ª aniversario de «El jorobado de Notre Dame» de Disney. Análisis musicológico de una película maltratada


He acabado tarareando los temas de madrugada entre pesadillas, con la espalda aún más fastidiada de lo que la tengo de estar sentado frente a dos ordenadores, discutiendo conmigo mismo por conclusiones con las que seguramente no estaré de acuerdo mañana o pasado como algunos tampoco lo estarán hoy mismo. Pero estas tres semanas de estudio continuo de El jorobado de Notre Dame (1996) y su banda sonora ha sido una de las experiencias más emocionantes de los últimos meses en cuanto al cine y su música.

Cuando el compositor Alan Menken escribía en sus redes sociales hace varias semanas que se cumplía el 30ª aniversario de la película y ponía a parir el lema con el que se le había ocurrido a Disney destacar esta efeméride, lamentando además el menosprecio con el que durante todos estos años había sido tratada su banda sonora, me obligó gustosamente a volver a las armas en la lucha que desde hace tres décadas he mantenido defendiendo esta música ninguneada por Disney y maltratada por el público tanto como la película, tachada de demasiado oscura y adulta para el público infantil. De modo que me puse la armadura y, bolígrafo en mano (soy muy analógico en eso, qué le vamos a hacer) revisé nuevamente esta joya de la animación y de la composición musical cinematográfica. Si ya llevaba tres décadas deslumbrándome, comprobar aún más determinadas cosas me ha llegado a emocionar: cómo Menken deja claro que, para él, Frollo es un clérigo y no un juez (¿Gol musical a Disney o hecho subliminal consentido?); que la libertad la ansía Quasimodo cantando Out There, pero Menken lo plasma desde el inicio hasta el final; o que Esmeralda podía haber tenido notas étnicas o mágicas, pero su narración musical es la pureza nívea del amor tanto en su papel de redentora como de líder étnica y por supuesto mujer.

Menken me ha dejado exhausto, con un brazo dolorido (asoma amenazadoramente otro hombro congelado, cuatro años después del primero) y me temo que me tendré que tomar en serio la necesidad del descanso en verano, aunque hay varios frentes de otra naturaleza con faena por atender. Como Frollo y sus deseos hacia Esmeralda, debo practicar la contención y evitar la tentación que continuamente me provocan las películas que se me insinúan desde la nutrida videoteca y que además tientan mis bajos instintos musicales de manera inmisericorde. A ver si logro vencerla, aunque llevan embaucándome desde hace casi cuatro décadas: el próximo octubre se cumplirán 37 años desde que por vez primera hablé y escribí de cine en los medios.

Así que cuidaos de las altas temperaturas y feliz verano.

ENLACE PARA VER EL VÍDEO: https://youtu.be/TqzAgIymzU0?si=7YjHM1jbxvlKHF-T