La fortaleza emocional de la arrolladora creación de Los Javis me ha llevado también a rendirme al onanismo de ambos cineastas con su obra, porque esta es una obra magna para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno mostrando un enorme talento guionístico y direccional, para lo malo autogustándose al prolongarse en el metraje incidiendo más en algunas ocasiones en el envoltorio que en lo nuclear de lo narrativo. Pero la atracción es tal que lo perdono prácticamente todo incluso llevándome a mi perdición cinematográfica. Como una amante nariguda, con las piernas arqueadas y algo bizcotur, que diría don Camilo en «La colmena»: me mira con aviesa intención, en este caso política, pero no puedo escapar de ella. Al fin y al cabo, te puede sobrar parte del viaje iniciático de Carlos por la nieve, pero ¿acaso no eran redundantes tantos colorines en la obra magna de Kubrick y no ha habido quien se atreva a criticarla hasta el punto de bajarla del pedestal de las obras maestras?
De todas formas, «La bola negra» tendrá su principal y más irracional enemigo en las posturas maniqueas y crispadas que vive actualmente una sociedad que cada vez ofrece más pruebas de estar de nuevo fanatizada, principalmente por culpa de quienes la gobiernan. Así, juzgarán a Los Javis por adoctrinamiento, por engañar tergiversando la historia. Como si la película pretendiera ser una biografía o una hagiografía de un mártir de una ideología concreta e incluso como he leído por ahí, por colocar voz de maricón a Federico «cuando él no hablaba así». Como si estos doctos jueces hubieran escuchado alguna vez la voz del poeta. Ni ellos, ni ustedes, ni yo. «La bola negra» será repudiada como catecismo de izquierdas con la misma actitud torticera de quien pueda decir que «El nacimiento de una nación» es una película mala y fascista por su contenido, que «El triunfo de la voluntad» es cine basura porque la hizo la cineasta del régimen nazi o «El acorazado Potemkin» es un repugnante panfleto visual comunista. Juzgan por todo menos por el arte del cine. Y sentencian a su antojo y conveniencia. Por eso es necesario despojarse del radicalismo y la tendenciosidad en la que nos han embarrado y disfrutar de este monstruo único en el cine actual que es «La bola negra». Y hacerlo en pantalla grande, donde el caballo negro desbocado cruza las casas destruidas de un pueblo convertido en un macabro «Bienvenido Mr. Marshall» (¡vaya enorme comienzo de película!), donde el público contiene la respiración cuando Sebastián dibuja en el aire la silueta de la espalda lacerada de Rafael sin atreverse a tocarlo y en donde las numerosas metáforas se entienden mejor, como la reconciliación nacional pedida a gritos con la historia de Alberto y su madre. Qué maricón tan bien construido y qué secuencia en la bañera. «No podemos seguir así», nos dice. Pero no queremos escucharlo. Como tampoco entender que «La bola negra» es un ejercicio categórico de la defensa del amor, que, efectivamente, en este país tiene demasiadas historias enterradas en los campos.
Enlace para ver la videocrítica en #UltimoEstreno: https://youtu.be/yQFjyFaeq_s

No hay comentarios:
Publicar un comentario