A Dios le gustan los puzzles. Tanto que los emplea mucho más
que para jugar. Lo que ocurre es que sus tiempos son distintos a los nuestros.
Ni siquiera sigue los cánones establecidos a la hora de conformar las piezas.
Primero el marco, después agruparlos por colores, según las similitudes de los
trazos… A las pautas que no llegamos a comprender se suma el limitado
entendimiento de su plan divino, que es como la imagen desplegada que nos guía
y sobre la que, extendida, vamos situando cada tesela en su lugar. El Plan de
Dios no viene marcado por la racionalidad de una imagen, sino por lo ininteligible
de una fe intangible. De manera que no solo no llegamos a comprender la ilógica
de cada movimiento del troquel, sino que ni siquiera alcanzamos a contemplar en
su conjunto la gran obra prevista para el final.
Obviamente, esto nos sorprende, nos desubica en nuestro orden
racional de las cosas y nos desazona e, incluso en último término, nos enfada. Por
eso no alcanzamos a entender que muchos errores humanos también formen parte
del rompecabezas. Incluso algunos se convierten en cuadernas maestras que aparecen
sin aparente sentido mientras dedicamos nuestra vida a colocar las varengas según
nos marca la quilla del pensamiento razonable. Pero Dios hace sus eternos barcos
de la misma manera que caminó sobre las aguas en las que los hombres ponen sus
pasajeros bajeles a navegar.
Decir que el sufrimiento forma parte del plan de Dios porque
emana directamente de Él mismo como causalidad es injusto, porque es el propio
hombre-mujer quien, en la libertad de Sus hijos tal como San Pablo preconizara,
posee plena capacidad para no sufrir el yugo de la esclavitud, que no es estar
preconcebido para que las piezas se ubiquen anárquicamente, sino la de la
predisposición –y elección- de un hijo hacia las enseñanzas del padre, aún no
alcanzando a comprender el significado de sus palabras.
Disquisiciones particulares aparte, yo me imagino a Dios, en
mi también errónea conversión de lo divino en lo humano para tratar de
comprenderlo, montando su puzzle preferido en San Gil, el que muestra a Su Madre
en la plenitud de las piezas entendidas y las que no. Y los hombres
equivocándose en su libertad. Y los hombres subsanando los errores consustanciales
a ellos. Y la culminación del plan de Dios en el inicio de la Resolana. El plan
que nos concede el privilegio de contemplar a la Macarena como nadie lo ha hecho
en casi cuatro siglos. Porque como ha afirmado Pedro Manzano, «creo que la
imagen que tenemos actualmente de la Macarena es la Macarena». Yo así también
lo creo como creo que Sevilla ya tiene la confirmación más evidente, si es que
la necesitaba, de que su restaurador (y el de tantos ejemplos del patrimonio
devocional e imaginero más rico de Andalucía) debe ser el próximo Hijo Adoptivo
de la Ciudad.

Frente a la Esperanza Macarena, en esos instantes que en estos
días se nos concede para contemplarla de cerca, y a pesar de lo fugaz del
inenarrable momento, imaginas la película de la historia pasando a velocidad
inabarcable desde que ya en el siglo XIX comenzaran las intervenciones de conservación
que, junto con el indefectible paso del tiempo, han esculpido una imagen de la Señora
con su esencia inalterable –a excepción de los últimos seis meses- pero gubiada
por los avatares. Y en el epílogo de las oraciones aparece, en su esplendor, la
imagen que nos devuelve a las pioneras y añejas fotografías y grabados como
testigos de su verdadero rostro. Y la última súplica debe estar dedicada hacia
los mejores deseos y gratitud para quienes nos han permitido la gracia de contemplar, de
hijo a Madre, la Macarena que tantas generaciones no han podido ver en su pureza
original.
Y por esto, precisamente por esto, y aunque no lo entendamos, todo
pasa por algo.