Los polacos son gente muy sufrida a lo largo de la historia. Es lo que tiene ser de un país estratégicamente situado entre las ambiciones de unos y de otros. Pero sí es cierto que hace ya años que venían viviendo en paz aun siempre siendo frontera entre varios mundos geopolíticos. Hablas con ellos y, obviamente, recuerdan el horror nazi, que acabó con el 20% de la población total de su territorio, y después te apuntan que la opresión comunista se multiplicó en el tiempo respecto a la de los predecesores -nada menos que 44 años-, dejando el país hecho unos zorros. Ahora, el auge de los radicalismos descerebrados y el atentado ocurrido este sábado en la preciosa y amplia Plaza del Mercado Principal de Cracovia, en la que he tenido el gusto de tomarme algunos cafés, están desestabilizando lugares y ciudades cuyas paredes rezuman historia. Paredes que han servido para mostrarnos en el cine realidades de las que seguimos sin querer aprender.