martes, 12 de agosto de 2014

Robin Williams, el capitán de los ilusos



Robin Williams tuvo la culpa de que miles de adolescentes se creyeran a pie juntillas la ilusa historia que Peter Weir nos contó en una de sus películas, quizá la más aclamada y la más tramposa. Las carpetas de las niñas no solo de aquellos años, sino de generaciones posteriores hasta llegar a hoy, reflejaban en las mesas de los colegios e institutos margaritas dibujadas con dos frases de las que apenas se dedicaron a buscar su origen. El 'carpe diem' había hecho mella en la edad del pavo y el 'Oh capitán mi capitán' recitado era el sueño de todos los estudiantes, que por las noches se imaginaban de pie sobre los pupitres mientras las chicas suspiraban por ellos y un profesor de los que jamás hemos disfrutado alentaba la rebelión. Aquel club de poetas alimentó a los cursis de la clase, pero demostró lo que era Williams: un actor puesto en bandeja para tenerlo entronizado porque caía de puta madre en sus papeles bondadosos. Ahí queda de payaso, de separado trasvestido, de loco de juego de mesa...

Robin Williams se quedó con el rol del intérprete de peluche preferido por los amantes de un cine tan delicioso como fácil, que si jamás supieron que en sus estuches de carioca, escuadra y cartabón llevaban escrito un poema dedicado a Abraham Lincoln, menos aún conocieron al actor en 'El agente secreto' (1996), uno de sus mejores papeles y sorprendentemente contenido, del que declinó aparecer acreditado, o la voz original del genio en 'Aladdin' de Disney, por cuyo trabajo estuvo a punto de ser nominado como actor a pesar de tratarse de un filme de animación, lo que nos demuestra la importancia y la ardua tarea que supone interpretar declamando, algo que en España nos lo pasamos por el forro de los pantalones al doblar las películas y quedarnos tan panchos.

Nunca fue uno de mis actores preferidos y me podía su marcado histrionismo sobre su rostro bondadoso. Pero su registro interpretativo dramático cuando decidía absorber la cámara y especialmente su capacidad de crear ilusiones en el público son suficientes motivos como para considerarlo un icono actoral del cine contemporáneo. Al fin y al cabo, ¿qué es el cine sino una gran fábrica de sueños?

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