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Recientemente aproveché para saldar la deuda que mantenía con Martin Scorsese cuando, en 2016, estrenó Silencio, que no llegué a ver en su día. Considerada como una de las películas malditas del cineasta, costó 50 millones de dólares y apenas recaudó veintitrés. Su escasa distribución en España y el hecho de contar con un metraje de dos horas y media y un tema complejo la perjudicó en su momento.
Silencio es una extraordinaria película que nada a contracorriente con los tiempos, algo que supongo Scorsese ya sabía desde que se propuso hacerla hace ya casi cuarenta años, justo después de que rodara La última tentación de Cristo, con la que el filme protagonizado por Liam Neeson, Andrew Garfield y Adam Driver tiene mucho que ver según lo reflejado en el papel encarnado por el actor que ha dado vida a Spiderman en las últimas películas de la saga. El jesuita Sebastião Rodrigues, junto a su colega de hábitos Francisco Garupe, emprenden un viaje iniciático en busca del que fuera su mentor en las enseñanzas jesuíticas, el padre Ferreira (Liam Neeson), quien ha apostatado del cristianismo y se ha aferrado al budismo en una nueva vida en el Japón del siglo XVII. Rodrigues sufre las tentaciones provocadas por una tormentosa tesitura en su sufrimiento en un país que tortura a los cristianos: si no reniega de su religión, morirá como mártir y no podrá continuar su labor evangelizadora. Si apostata como hizo Ferreira, los japoneses conversos al cristianismo no serán asesinados, pero para ello debe pisotear y escupir sobre los símbolos cristianos que los nipones le imponen ante sus ojos, en un ritual por el que se formaliza la negación de Jesucristo. Lo que hagan los japoneses convertidos no importa, porque las autoridades van a matarlos de igual manera: lo que quieren es erradicar al evangelizador, que sirva como ejemplo, cercenar la raíz que quiere cambiar la manera religiosa, moral y ética de un país en el que jamás triunfaron las enseñanzas de Jesús.
En esta lucha se mueve Silencio, a la que rápidamente relacioné con dos títulos icónicos en la historia del cine: Apocalypse Now y La misión. La primera, porque Ferreira se convierte en un nuevo coronel Kurtz, perdido en el Japón más cerrado tanto como Brando en la selva con los indígenas en su papel. La segunda, porque la evangelización e incluso imágenes similares evocan la película de Roland Joffé, pero en este caso no en Sudamérica sino en el país nipón donde en el siglo XVII se persiguió con saña a los cristianos.
Pronto nos percataremos de que Silencio es más profunda que las cintas de Coppola y Joffé, que los careos entre Rodrigues y el inquisidor japonés que lo retiene son la mesa y el mantel para que el espectador se sirva unas desasosegadoras dosis que nos obliga a ver los pros y los contras de renegar para salvar o jurar fidelidad para seguir construyendo el mito martirial tan unido al cristianismo evangelizador. Y entre todo ello, la constante llamada de Rodrigues a Cristo desde su interior para que le dé sentido a lo que está viendo. Un grito que recibe, precisamente, silencio. O eso es lo que creemos.
A un apasionante repaso a la moralidad humana se unen los formalismos (en lo positivo del término) de Scorsese a la hora de hacer cine, un director entre los que mejor ruedan en la historia del cine contemporáneo. Espacios geométricos en su más puro estilo con simetrías, escenas cenitales clamorosas, montaje impecable… Puro cine lastrado por un metraje algo excesivo pero sobre todo por la incompresión del público actual, que no quiere saber nada de películas que hagan pensar y aún menos en disquisiciones del alma.
Yo, que me he llevado diez años sin disfrutar esta joya que puede visionarse en Movistar+, me arrepiento muchísimo de haberla demorado.

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