sábado, 25 de abril de 2020

Al Pacino entre los dedos


Ochenta años cumple hoy nada menos. 
Hace ya décadas que crítica y público lo tienen ubicado en el olimpo de los dioses de la interpretación. Generalmente es admirado y considerado como una leyenda viva. "¿Leyenda yo? Eso era Marlon Brando", dice.
Lleva razón. Que en un buen puñado de películas e incluso actitudes habituales fuera de cámara se le notara las influencias interpretativas de Brando demuestra la admiración que Al Pacino sentía por aquel monstruo del cine. Pero, por mucho que le pueda pesar a su modestia, ser uno mismo leyenda es compatible con el hecho de que otra persona también lo pueda ser. Son pocos, menos incluso de los que dice generalmente la gente, capaz de rebajar el nivel por dejarse llevar por gustos personales. Pero son selectos. Se cuentan con los dedos de las manos, y es muy probable que, entre esos diez dedos, uno lo tengamos que reservar para Al Pacino.
Como a alguno que otro muy alabado, no lo soporto cuando se pone histriónico. Le sucede de vez en cuando, en 'El irlandés' se ve claro. Pierde puntos al hacer papeles así. Pero como ya le suda el nípero a estas alturas, interpreta como le da la gana, porque, a diferencia de otros injustamente encumbrados como Jack Nicholson -acaba de cumplir 83 años el pasado día 23-, Al Pacino es capaz de crear al personaje en sus películas y no al revés, cuando el personaje queda supeditado a las formas y maneras del actor. 
Impertérrito en la saga de 'El Padrino', emblemático en 'Serpico', en mi retina se quedó para siempre su Carlito Brigante en esa obra maestra que fue 'Atrapado por su pasado', cuando, hecho una sopa y bajo la estéril tapa del cubo de la basura, contempla la ventana donde ella está ensayando ballet.



Creo que no fue el cine, sino el teatro, el que lo ha salvado de ser vencido por el alcohol y otras cosas durante aquellos años de grandes películas. Subirse a un escenario diariamente te obliga a conservar un estado anímico y físico que en el cine puedes zafarte de él o sobrellevarlo. Intuyo que él mismo ama más el teatro que el cine. Bien para Pacino, quizá negativo para los que fruncimos el ceño con los actores que no distinguen claramente entre las diferentes maneras de interpretar que supone estar sobre las tablas o ante una cámara, pero extraordinario para este actor capaz de crear sin descanso y, a su edad, pendiente de rodar 'El Rey Lear' en cuanto pase esta mierda del COVID-19.
Sea como fuere, Al tiene mi dedo reservado. No sé si será al lado del de Newman, que es el del corazón por ser el más grande, o junto al de Brando, que está en el centro de la otra mano. Tampoco voy a pelearme, y él menos a estas alturas, por darle un pulgar hacia arriba o el anular que lo señala para siempre como un grande entre los grandes.

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